CONCHABANZA

4 minutos

Al Manri, esperando le guste

Sostiene Avenio que la conchabanza fue el primer ejercicio de cooperación que aprendimos en el instituto. Mucho antes de que aparecieran palabras como trabajo en equipo o inteligencia colaborativa, ya habíamos descubierto que, cuando uno solo no podía; o uno de nosotros estuviera señalado como vil malandrín; toda la clase encontraba la manera de echarle una mano, difuminando la culpa.

La palabra conchabanza no goza de buena fama. Suena a acuerdo secreto, a componenda de dudosa ética o a pacto para obtener un beneficio poco honrado. Sin embargo, en 4⁰ de bachiller tenía un significado bastante más inocente(?). A veces consistía en sacar de la vitrina del fondo del aula aquella inolvidable rana de madera, con sus intestinos reproducidos al milímetro, y colocarla solemnemente sobre la mesa del profesor antes de que entrara en clase.

El desconcierto inicial del docente bien merecía el riesgo.

Pero la gran obra de ingeniería colectiva llegó en francés.

Doña Herminia examinaba oralmente a cada alumno desde su mesa. Bastó observar durante unos días la disposición del aula para descubrir que existía un punto ciego en su campo de visión. Allí nació la conchabanza.

La primera fila hacía de un discreto biombo. Justo detrás, los empollones y demás genares buscaban y escribían con tiza, sobre mi cartera de libros, la respuesta correcta.

. El alumno interrogado solo tenía que levantar ligeramente la vista. La profesora no veía absolutamente nada.

Lo más admirable era la organización. Nadie daba órdenes. Cada cual conocía su papel y lo desempeñaba con la mayor eficacia posible. La cartera, de un material oscuro y rugoso parecido al cuero, era una magnífica pizarra improvisada, fácil de borrar la tiza con un pañuelo. El alumno interrogado solo tenía que levantar ligeramente la vista. La profesora no veía absolutamente nada. Unos ocultaban, otros escribían y el otro respondía. La conchabanza funcionaba como un mecanismo de relojería.

Doña Herminia terminó aquel curso convencida de que jamás había tenido unos alumnos con un nivel tan brillante de francés. Tan orgullosa estaba que, según nos contaron, llegó a comentarlo en el colegio de las Carmelitas, donde también impartía clases.

Nosotros escuchábamos aquellos elogios con la mejor cara de inocencia que supimos poner.

Con los años comprendí que aquellas pequeñas conspiraciones no nacían de la malicia, sino de una forma muy juvenil de compañerismo. Éramos cómplices, sí, pero también una pandilla convencida de que aprobar era una tarea común.

Esa, estimado lector, es otra historia.

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