EL BRILLO DE LA SIMPATÍA

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Sostiene Avenio que la belleza femenina no ha firmado un contrato de exclusividad con ninguna técnica artística. Puede comparecer en un óleo, una escultura, una acuarela, una serigrafía o una fotografía. Incluso puede aparecer en uno de esos dibujos hechos apresuradamente sobre la servilleta de un café. Si la belleza decide presentarse, encuentra la manera.

En la primera imagen, una mujer surge de pinceladas, manchas y colores que parecen colocados sin demasiado orden. El cabello rubio está hecho de luces; el rostro, de fragmentos. Nada pretende ser completamente fiel y, sin embargo, todo resulta reconocible. Los ojos son claros y la boca insinúa una sonrisa que no termina de concedernos. Tal vez ahí resida buena parte de su atractivo. La mujer no posa exactamente: parece haber interrumpido durante un instante sus pensamientos para mirarnos.

En la otra obra casi todo ha desaparecido. No hay matices en la piel, ni expresión en los ojos, ni sombras delicadas. Solo una silueta azul sobre un fondo blanco. Una mujer se inclina ligeramente mientras se ajusta las gafas. Con un único color y unos cuantos espacios vacíos, el autor consigue que veamos un cuerpo, una actitud y hasta cierto descaro. La primera mujer atrae mediante el rostro. La segunda lo hace con el gesto. Una necesita muchas pinceladas; la otra le basta con una mancha azul. Resulta evidente que la sensualidad no depende del número de colores empleados.

Y después está la fotografía, que presume de decir la verdad. La cámara también elige: escoge la luz, el ángulo y esa fracción de segundo en la que una persona parece más feliz, más triste o más apetecible de lo que tal vez ella pueda sentirse. La fotografía no reproduce la realidad; llega a un acuerdo con ella. He escrito apetecible, palabra que podría ocasionar enfado a algún improbable lector. Apetecer no significa poseer. Significa que algo despierta los sentidos antes de que la razón se ponga a funcionar. Los ojos entonces se iluminan con el brillo de la simpatía, que no es exactamente deseo ni tampoco simple admiración, sino una mezcla difícil de medir. Todas estas técnicas tienen algo en común: dejan una parte sin terminar. La pintura oculta, la serigrafía elimina y la fotografía selecciona. Después llega nuestra mirada y completa lo que falta. De modo que una mujer puede resultar igualmente atractiva hecha con manchas de colores, con una silueta azul o con la precisión de una cámara. El artista pone la imagen. La imaginación del espectador se encarga del resto. Esa es, estimado lector, otra historia.