Ahora nos agota el calor

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El otoño comenzaba cuando la luz se cansaba de iluminar durante tantas horas el Mar Menor. Se ocultaba antes, alargaba las sombras sobre las aceras y devolvía al cielo los colores rojos, dorados y azules que agosto había convertido en atardeceres monótonos del sol a lo huevo plancha.

A partir de septiembre aparecían los primeros atardeceres multicolor y se quedaban un momento más para iluminar los barcos fondeados alrededor del Club.

El aire olía a tierra húmeda, a madera y a hojas que crujían con la dignidad de quien ya ha cumplido su tiempo. Los árboles se desprendían de ellas sin ponerse tristes: sabían que perder también es una forma de prepararse.

Al caer la tarde, el cielo parecía bajar. Las casas volvían a encender sus lámparas, las rebecas salían de los armarios y uno agradecía ese primer frío en las mejillas.

Rimbaud y Verlaine sabían algo de la belleza de los finales del verano y de los principios del otoño. Mientras una hoja caía despacio, a lo Verlaine, entendíamos que todo lo que termina deja sitio para otra cosa: la memoria. Una transformación, quizá unos brotes verdes para después del invierno. O la frase que todos los años repetía mi amigo Juan Antonio Hernández Mora recién pasado el veranillo de los membrillos: «la gente no está muy bien de la cabeza. Ahora que viene el buen tiempo se van...»

Esa es, querido lector, otra historia.