LA INSIGNIFICANTE LEVEDAD DE LOS JUEGOS DE AZAR

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Sostiene Avenio que hay tardes que pesan y tardes que, de tan leves, casi no existen. Hay que tener una perspectiva bastante menguada de proyecto vital para asumir que la gran actividad de la tarde consiste en ir al bingo en pandilla. No digo que esté mal. Peores cosas hemos visto. Pero resulta inquietante imaginar que al caer la tarde, la aventura que nos espera sea sentarnos delante de un cartón y aguardar a que alguien vaya cantando números. El 30… El 48… El 78… Y pendiente del destino. Porque el azar tiene esa habilidad: consigue disfrazar de acontecimiento lo que no depende de nosotros. Hasta que ocurre el milagro. ¡Bingo! Y te toca una bicicleta.

No una bicicleta cualquiera. Una bicicleta tamaño cadete. Avenio desconoce qué complejos mecanismos utiliza la fortuna para decidir sus premios, pero sospecha que tiene cierto sentido del humor. Sobre todo porque a tu nieta ya le compraste una bicicleta a principios del verano. Así que allí estás, triunfador absoluto de la tarde, contemplando tu premio. Lo peor viene al caer la noche. Hay que volver a casa. La bicicleta es demasiado pequeña para montarse en ella, de modo que no queda más remedio que llevarla andando. ¡Qué suerte!

«La imagen de un grupo de jóvenes jugando a la ruleta ofrece una versión bastante más glamurosa del asunto. Hombres y mujeres atractivos rodean la mesa, hacen apuestas arriesgadas y celebran jubilosos que la bolita haya decidido caer en el lugar adecuado». (de la Wiki). El azar siempre ha necesitado escenografía. Avenio, sin embargo, prefiere atender a Andrés, que, comentando el relato Pinki, Doctor y Catedrático, ha traído una cita de André Gide y «la sensualidad como esencia de la vida». Eso ya es otra cosa. Gide fue un hombre poco dispuesto a aceptar una vida previamente trazada. Premio Nobel, escritor, viajero, contradictorio y empeñado en someter a examen las convenciones morales de su tiempo; defendió algo bastante más arriesgado que apostar unas monedas: vivir de acuerdo con la propia conciencia. La sensualidad, en Gide, no era solamente asunto de alcobas eróticas. Era una manera de relacionarse con el mundo. Mirar, viajar, leer, conversar, desear, descubrir. Sentir curiosidad. Dejar que la vida te afecte. Incluso equivocarse por cuenta propia. Quizá por eso Avenio encuentra no sólo la similitud del nombre de André, sino una forma muy similar de vivir de Andrés. Cierta oposición entre la ruleta, Gide y Andrés. En una, esperas que una bolita decida por ti. En la otra, la apuesta eres tú. Avenio, puestos a elegir, prefiere esa segunda clase de riesgo. Una buena conversación, un libro inesperado, un paisaje, una mujer hermosa, una comida con amigos. Cualquier cosa que recuerde que todavía estamos aquí y que la tarde puede servir para algo más que esperar a que salga el 48. Tampoco conviene ponerse chévere. Al fin y al cabo, alguien vuelve esta noche a casa empujando una bicicleta tamaño cadete que no necesitaba. Y probablemente va contentísimo.

¿Ludópata? Lector, esa es otra historia.

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