PINKI, DOCTOR Y CATEDRÁTICO

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Sostiene Avenio que hay consejos que duran toda la vida. Sobre todo cuando quien los da tiene muy claro lo que uno debe hacer con ella.
Mi primo Pinki hizo su tesis doctoral sobre Albert Camus. La idea, naturalmente, fue de mi padre.

Ortega y Baroja eran para él dos pilares inamovibles. Albert Camus no les iba a la zaga. Además, mi padre tenía una idea bastante peculiar sobre los estudios universitarios: podíamos estudiar la carrera que quisiéramos, siempre que después nos doctorásemos.
No concebía una licenciatura sin doctorado.
De ahí viene, entre otras cosas, mi condición de doctor en Medicina.
Pinki acabó su licenciatura en Letras y, como suele ocurrir cuando uno termina una carrera, sabía muchas cosas pero no tenía demasiado claro qué hacer con ellas. Así que decidió pedir consejo a su tío Antonio.
Yo presencié aquella entrevista.
El contraste era magnífico: de un lado, la natural dispersión de un recién licenciado en Letras; del otro, mi padre, que parecía tener resuelto no solo el presente de Pinki, sino también los siguientes treinta años de su vida.
Además estaba radiante.
Llevaba tiempo deseando que alguno de sus licenciados le propusiera dirigir una tesis sobre Albert Camus y allí tenía delante, sin saberlo todavía, al candidato perfecto.
Con tremenda calma le sugirió dos cosas.
La primera, hacer la tesis doctoral sobre Camus.
La segunda, acceder a una cátedra de Francés.
Así, sin más.
Doctor y catedrático.
Pinki debió de entrar en aquella habitación buscando orientación y salió con la vida profesional organizada.
Y lo curioso es que ocurrió.
La tesis terminó teniendo un título sugestivo:
ALBERT CAMUS. “Opera minor”
Autor: Andrés Romero de Hoyos.
La leí y es una delicia. En sus páginas se percibe algo que quizá no aparezca en los índices académicos: un afecto entrañable hacia Camus, premio Nobel, novelista, ensayista y pensador del absurdo.
Porque Camus sostuvo que el hombre busca desesperadamente un sentido en un mundo que no tiene obligación alguna de proporcionárselo. Y, sin embargo, frente al absurdo no proponía la resignación, sino todo lo contrario: vivir, rebelarse y conservar la dignidad.
Mi padre disfrutó mucho dirigiendo aquella tesis.
Lo sé por los comentarios joviales que hacía en casa sobre los progresos de Andrés. Debió de ser para él una de esas raras ocasiones en que coinciden el trabajo, la literatura y el afecto familiar.
Solo faltó una cosa.
Que alguno de nosotros hubiera sabido entonces que existía el cognac CAMUS.
Después de comer, con el café, mi padre tenía la costumbre de ofrecerme una copa de Hennessy. Años después, buscando precisamente una botella de Hennessy en recuerdo suyo, descubrí por casualidad el coñac CAMUS.
Me quedé mirando la botella.
Albert Camus.
Coñac Camus.
Aquello era demasiado perfecto para dejarlo pasar.
Compré una botella inmediatamente y mandé un WhatsApp a Pinki para comunicarle mi descubrimiento.
Resultó que conocía aquel coñac desde hacía tiempo.
Y no había caído en decírmelo.
Cachis.
Ahora, cuando nos veamos, podremos hacer algo que mi padre, director de aquella tesis, seguramente habría contemplado con cierta satisfacción.
No solo podremos leer a Camus.
También podremos beberlo.
Esa, divertido lector, es otra historia.
