Escorrentía

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Paco Rivas dedicó buena parte de sus años como ingeniero de Endesa a entender aquel movimiento obstinado del agua. Y en As Pontes, donde parece que chove trescientos días al año, aquello no era poca cosa. Mientras otros miraban el carbón que se extraía de la mina a cielo abierto, él tenía que mirar también las tierras removidas de la escombrera, las pendientes y los lugares donde debía depositarse cada material. No bastaba con explotar la mina: había que ir preparando, casi en secreto, el paisaje que vendría después. Porque aquella escorrentía, que durante tantos años había sido un problema, acabaría formando parte de la solución. Cerrada la mina, el agua regresó al gran hueco. Lo que antes había que expulsar comenzó a contribuir al llenado de un lago de doscientos metros de profundidad. Hoy se ha producido una de esas coincidencias que parecen escritas para un relato.

Paco contempla el Mar Menor desde Los Urrutias. Mientras tanto, su paisano Joaquín Balibrea, que salió de Murcia, recorrió Portugal de abajo arriba, alcanzó Finisterre y, después de

pasar por Santiago, ha llegado hasta As Pontes. Y sigue… Allí contempla el lago en cuya preparación trabajó durante tantos años su paisano Paco. Joaquín es una fiera caminando. Paco fue otra clase de caminante: recorrió durante años, con sus botas de ingeniero, el fondo de un lago que todavía no existía.

El resultado está a la vista: un lago con playa y, sobre la antigua escombrera, un territorio recuperado para la fauna autóctona. Cuando llegó la hora de inaugurarlo, los jefes de Endesa y los políticos de turno acudieron raudos a colgarse las medallas. Las botas de los ingenieros y por supuesto de los mineros, como suele suceder, no salieron en la foto oficial de la inauguración. Esa, amigo lector, es otra historia.

Marujina, el Paquito y yo
