SE NOS VERÍA EL PLUMERO

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Sostiene Avenio que algunos cuentos tardan más en escribirse de lo que uno cree. Purita Rodríguez se lo recordó al enviarle un cuento chino que Calvino recoge en Seis propuestas para el próximo milenio: un rey pidió a Chuang Tzu un dibujo de un cangrejo. El artista pidió cinco años y una casa con doce sirvientes. Pasaron los cinco años sin resultado. —Necesito otros cinco. El rey, que debía de tener más paciencia que los editores actuales, se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y, de un solo gesto, dibujó el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto. A Avenio la historia le recordó un cuento que escribió hace muchos años. Se titulaba Carmen y Paul: Carmen era médico de atención primaria. Paul, un pintor inglés de éxito afincado en Mojácar. Eran jóvenes, se enamoraron y se casaron allí, entre el blanco de las casas, el azul del Mediterráneo y esa luz de Almería que probablemente explique que tantos pintores hayan decidido quedarse a vivir por aquellos pagos. Siempre que Avenio visita Mojácar se sorprende con aquel azul, quizá el más intenso que ha visto en todo el Mediterráneo. El matrimonio funcionaba bien, que ya es bastante decir de un matrimonio y mucho más de un cuento. Hasta que un día Carmen se enteró, por casualidad, de que Paul pensaba hacerse una vasectomía. No era la vasectomía lo verdaderamente importante. Era que Paul no se lo había contado. El cuento terminaba por aquellos alrededores donde empiezan las preguntas que no tienen fácil respuesta: ¿hasta dónde llega la libertad sobre el propio cuerpo cuando compartes tu vida con otra persona? ¿Puede tomarse en solitario una decisión que quizá cambie el futuro de los dos? Avenio, entonces joven, escribió el cuento y se lo leyó a su padre. A su padre le gustó. Tanto, que le aconsejó presentarlo al concurso de cuentos del Premio Gabriel Miró. Había un pequeño inconveniente. Su padre era el presidente del jurado. El niño presentándose al premio cuyo jurado presidía su papaito querido no parecía precisamente un ejemplo de transparencia institucional. A su padre le contrarió el asunto. —¿Y si esta vez renuncio a formar parte del jurado? Avenio lo pensó. —Creo, padre, que si gano el premio se nos vería el plumero. Y Carmen y Paul se quedó sin concursar. Han pasado muchos años desde entonces. Bastantes más de los diez que necesitó Chuang Tzu para pintar su cangrejo. Mi padre murió hace tiempo, al amanecer del día de Reyes de 1994. Avenio, mientras tanto, ha seguido escribiendo. Relatos cortos, naturalmente, porque sostiene que cuatro minutos de la vida de un improbable lector constituyen ya un préstamo considerable. Quizá ahora podría escribir aquel cuento otra vez. Carmen seguiría siendo médica. Paul seguiría pintando en Mojácar. Y probablemente seguiría queriendo hacerse la vasectomía sin decírselo a su mujer. El cuento sería distinto. Porque quien lo escribiría también lo es. Chuang Tzu necesitó diez años para dibujar un cangrejo de un solo trazo. Avenio ha necesitado bastantes más para comprender que quizá su padre tenía razón cuando quiso que presentara Carmen y Paul al Gabriel Miró. Ahora podría reescribirlo con algo más de enjundia y enviarlo al premio. Esta vez no se nos vería el plumero. Aunque, si ganara, Avenio sería el primero en sospechar que su padre había movido algún hilo desde donde quiera que esté. Hay padres muy suyos. Y jurados que nunca terminan de disolverse. Esa, estimado lector, es otra historia.
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