VEINTE AÑOS NO ES NADA

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A Emilio y su nostalgia del Mar Menor
Sostiene Avenio que afeitarse es una actividad demasiado aburrida para realizarla a solas. Por eso suele hacerlo acompañado de Radio 3. Mientras la maquinilla intenta poner algún orden en su cara, por la radio pasan músicas que unas veces escucha y otras simplemente oye.
Hasta que esta mañana ha sonado Volver, de Carlos Gardel.
Y la maquinilla se ha detenido.
Hay canciones que no llegan por los oídos. Llegan por otro sitio. Uno que los neurólogos sabrán localizar perfectamente, Avenio prefiere llamarlo memoria.
Gardel canta aquello de que veinte años no es nada y Avenio, mirándose al espejo, piensa que el argentino exageraba.
Veinte años es mucho.
Son amigos que ya no están, lugares que han cambiado, mujeres que fueron jóvenes, conversaciones cuyo contenido hemos olvidado pero de las que todavía recordamos una mirada. Son restaurantes desaparecidos, teléfonos que ya nadie contesta y personas a las que uno quisiera llamar para contarles cualquier tontería antes de recordar que ya no puede hacerlo.
Las nieves del tiempo, además, no han plateado solamente la sien de Gardel
Avenio contempla la suya en el espejo y sonríe.
La palabra nostalgia nació de dos palabras griegas: nóstos, regreso, y álgos, dolor.
El dolor del regreso.
Bonita definición.
Aunque quizá incompleta.
Porque Avenio sospecha que la verdadera nostalgia comienza precisamente cuando comprendemos que el regreso es imposible.
Podemos volver a una ciudad, a una casa, incluso sentarnos en la misma mesa de aquel café. Pero el hombre que estuvo allí veinte años atrás no acude a la cita.
Ese se ha quedado en el pasado.
Jorge Luis Borges intuyó algo parecido: cuando añoramos Buenos Aires, Madrid, Murcia o cualquier rincón perdido, quizá no estamos echando de menos el lugar. Echamos de menos el tiempo que vivimos en él.
Y, sobre todo, a nosotros mismos viviendo aquel tiempo.
Gardel sigue cantando.
Avenio ya no se afeita. Tiene la maquinilla en la mano y la cara todavía a medio hacer.
Por unos instantes aparecen personas, calles, amores, veranos, voces. No llegan ordenadamente. La memoria nunca ha sido buena archivera. Mezcla fechas, exagera felicidades, suaviza disgustos y pone una luz maravillosa sobre determinadas tardes que, probablemente, cuando ocurrieron fueron bastante corrientes.
Quizá esa sea su misericordia.
Convertir una tarde cualquiera en un paraíso perdido.
Termina Volver.
Radio 3 continúa con otra canción, pero Avenio tarda unos segundos en regresar al cuarto de baño.
Mira otra vez al señor del espejo.
Gardel tenía razón y no la tenía.
Veinte años es muchísimo.
Pero basta una canción de tres minutos para borrarlos.
Avenio vuelve a poner en marcha la maquinilla.
Y continúa afeitándose con mucho cuidado.
No vaya a cortarse con el pasado.
Reconocer derrotas del pasado, es, estimado lector, otra historia.