NOS ESTAMOS QUEDANDO ANTIGUOS COMO LOS BALCONES DE MADERA

4′ 40″

Querido primo Pinki: creo que nos estamos quedando antiguos. Qué le vamos a hacer.

Sostiene Avenio que uno empieza a sospecharlo cuando descubre que todavía recuerda versos aprendidos hace sesenta años y, en cambio, no recuerda dónde están las llaves, matarile, rile, rile… hace cinco minutos. Fruto de un largo periodo de introspección y madura reflexión — queda estupendo describirlo así—, Avenio ha llegado a la conclusión de que hubo un tiempo en el que aprender poesías de memoria formaba parte de la educación sentimental de un adolescente. Raro era entonces encontrar a un leído y escribido muchacho que no conociera algunos

versos de La casada infiel, de Federico García Lorca. Y raro era también que, inmediatamente después, no apareciera el cenutrio y/o tontucio de turno para añadir: —Y resultó que era un tío, y por poco me la cuela. También: —A mí Kafka me la Kafka. Ordinarieces de antiguamente, amigo lector. Cada época tiene las suyas. Las nuestras, por lo menos, necesitaban conocer primero el poema para poder estropearlo. Sería a mediados de los años sesenta cuando los de mi generación, la del 48, aprendíamos poesía de memoria. No grandes retahílas necesariamente: Machado, Lorca, Miguel Hernández,

quizá algún soneto que otro. Los versos entraban en la cabeza cuando todavía había sitio y allí se quedaban, agazapados, esperando su oportunidad. En mi caso hubo cierta ventaja. Es lo que tiene ser hijo de un padre leído y escribido. Sin mérito especial por mi parte, leí y releí

El cementerio marino, de Paul Valéry. Un poema publicado en 1920 y convertido después en una de las grandes referencias de la poesía europea del siglo XX. Quizá allí empecé a intuir eso que llamamos lo inefable. No era precisamente una canción del verano. Valéry contempla desde el cementerio de Sète el Mediterráneo, las tumbas, el sol, el mar inmóvil, y termina hablando de lo único de lo que quizá merece la pena hablar cuando uno se queda mirando mucho rato el mar: de la vida, de la muerte y del tiempo. Demasiadas cosas para un muchacho. Porque uno podía recitar un poema sin entenderlo del todo. Eso también tenía su gracia. Las palabras se instalaban primero en la memoria y el significado llegaba muchos años después. Avenio sospecha que algunos versos son como esas chaquetas que nuestros padres nos compraban un poco grandes:—Ya crecerá… Y crecíamos. Un día, muchos años después, reaparecía aquel verso que habíamos aprendido sin comprenderlo y descubríamos, con cierta sorpresa, que ahora sí nos servía y nos sensibilizaba. Quizá por eso Avenio no está demasiado seguro de que aprender de memoria fuera aquella tortura pedagógica que algunos aseguran. Naturalmente, había que memorizar capitales, ríos, reyes godos, la tabla periódica y alguna otra cosa perfectamente prescindible, sobre todo si no ibas a hacer Químicas. Aprender un poema era diferente. Era guardar palabras para el futuro. Lorca era otra cosa: descubrir el erotismo y la sensualidad con elegancia nos hacía creer, además, que llevábamos cierta ventaja a la hora de acercarnos a hablar con las chicas. Ahora llevamos en el bolsillo un teléfono que recuerda por nosotros. Sabe los cumpleaños, los números de teléfono, el camino hasta nuestra casa y, si se lo preguntamos, también El cementerio marino, de pe a pá. Nosotros ya no necesitamos acordarnos. Y quizá ahí esté el problema. Porque una cosa es tener un poema en Google y otra muy distinta llevarlo dentro de la cabeza durante sesenta años. De modo que sí, primo Pinki: probablemente nos estamos quedando antiguos, como los balcones de madera.

Algunas mañanas Avenio mira el Mediterráneo y, sin pedir permiso, aparecen en su cabeza aquellos versos que aprendió siendo muchacho.

Entonces piensa en su padre. Y comprende que aquello no era solamente aprender poesía de memoria. Era otra forma de herencia.

Llevar tus versos en la cabeza, amigo lector, es otra historia.

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