Un pájaro azul

a Celina

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Sostiene Avenio, recordando a su querida amiga Ana Lorca, que los pájaros azules traen buena suerte.

No sabe muy bien quién estableció semejante cosa, pero tampoco conviene discutir ciertas creencias cuando son favorables. Bastantes supersticiones existen para anunciar desgracias: gatos negros, espejos rotos, martes y trece… Ya era hora de que algún animalito se dedicara a repartir fortuna.

El pájaro azul que tiene Avenio delante fue pintado por Antonio Hernández Carpe.

Aunque, para verlo, hay que poner algo de nuestra parte.

Carpe no pintó un pájaro con sus plumas, su pico y sus dos patitas correctamente colocadas. Lo desmontó. Lo convirtió en triángulos, círculos, líneas, blancos, negros y azules. Uno mira el pequeño cuadro y tarda unos segundos en descubrir al animal escondido dentro de aquella geometría.

Quizá ahí esté precisamente la gracia.

Hernández Carpe encontró una manera muy personal de pintar. Nacido en Espinardo, fue pintor, muralista, ceramista y un artista difícil de encerrar en una sola casilla. Miraba las cosas y luego las reconstruía a su manera.

Avenio contempla su pájaro azul y piensa que la buena suerte debe de parecerse bastante a eso: casi nunca se presenta con un cartel anunciando BUENA SUERTE. Anda escondida entre las líneas y hay que saber encontrarla.

A Federico García Lorca, en cambio, la suerte no le acompañó demasiado

Y eso que también le gustaban los pájaros, la luna, los caballos, los olivos, los colores y todas esas cosas sencillas que, después de pasar por un poeta, dejan de ser sencillas.

Lorca tuvo talento, amigos, éxito y apenas tiempo.

En agosto de 1936 fue detenido y asesinado cerca de Granada. Tenía treinta y ocho años.

Treinta y ocho.

A esa edad muchos todavía estan pensando qué vamos a hacer cuando seamos mayores.

Uno contempla hoy los dibujos de Lorca, lee sus poemas o escucha sus versos y resulta difícil no pensar en todo lo que habría podido escribir si hubiera tenido la buena suerte de encontrarse, en algún recodo del camino, con un pájaro azul de Hernández Carpe.

Pero los pájaros de la buena suerte tienen una eficacia limitada.

No hacen milagros.

Avenio vuelve a mirar el pequeño cuadro. Ahora distingue perfectamente el pájaro. Una vez descubierto, ya no puede dejar de verlo.

Y piensa que quizá la suerte de un artista sea otra.

Lorca murió joven, pero seguimos leyendo a Lorca.

Hernández Carpe también murió hace años, pero alguien conserva uno de sus pequeños pájaros azules, lo coloca en una pared, lo fotografía y vuelve a preguntarse qué quiso pintar exactamente aquel hombre.

Puede que esa sea la peculiar buena suerte de los artistas: irse sin marcharse del todo.

Un gallo

Quedarse escondidos dentro de un poema, de una canción o de un pequeño dibujo geométrico.

Avenio lo mira una vez más.

—Más vale que traigas buena suerte.

El pájaro, prudentemente, no contesta.

Si contestara, amigas Ana Lorca y Celina, esa sería otra historia.