El Empecinado


Juan Martín Díez
Sostiene Avenio que la gratitud de los reyes, cardenales y presidentes de gobierno suele durar menos que sus reinados. o que sus años de poder.
Juan Martín Díez nació en Castrillo de Duero, junto a un arroyo de aguas cenagosas. A aquel cieno se le llamaba pecina, y empecinados eran los naturales del pueblo. El apodo, por tanto, no tenía relación con la terquedad. Fue Juan Martín quien, empeñándose durante toda su vida en no ceder, consiguió que acabara teniéndola: Empecinado doble, que así le fué.
Cuando los franceses invadieron España, combatió primero contra ellos en campo abierto. Después de las derrotas de Cabezón y Medina de Rioseco comprendió que, para vencer a un ejército, no debía comportarse como otro ejército más pequeño. Había que aparecer donde nadie lo esperaba y desaparecer antes de que llegaran los refuerzos. Sus hombres observaban desde los altos el avance de las columnas francesas. Dejaban pasar la vanguardia y atacaban los carros de suministros o la retaguardia. Interceptaban correos, apresaban convoyes y se apoderaban de alimentos, dinero, armas y caballos. Luego se dispersaban por barrancos, montes y caminos que conocían mejor que el enemigo. Cuando los soldados franceses lograban espabilar, allí ya no quedaba nadie.
El Empecinado no pretendía conquistar grandes ciudades ni presentar batalla a los generales de Napoleón. Le bastaba con convertir cada camino en una amenaza. Un correo podía no llegar a su destino. Un cargamento de pólvora podía cambiar de dueño. Una tropa que saliera de Madrid hacia Burgos no sabía si regresaría con los mismos soldados ni con el mismo número de caballos. Así fue ampliando su territorio de acción: Aranda de Duero, Sepúlveda, Pedraza, Guadalajara, las sierras de Gredos…
Su guerrilla, formada al principio por familiares y amigos, llegó a convertirse en una fuerza de miles de hombres. El mando francés tuvo que encargar su persecución al general Joseph Léopold Hugo, padre de Victor Hugo. Antes de que su hijo escribiera Los miserables; el padre ya perseguía por Castilla a un hombre empeñado en amargarles la ocupación.
El general Joseph L. Hugo no consiguió capturarlo. Los franceses detuvieron entonces a su madre, confiando en obligarlo a entregarse. Juan Martín respondió amenazando con fusilar a cien prisioneros. Liberaron a la madre. Aquella guerra no era un asunto de buenos modales.
Terminada la contienda, Fernando VII regresó a España.
El Empecinado había luchado para expulsar a los franceses y devolverle el trono, pero como era liberal y había jurado la Constitución de Cádiz, el rey intentó atraerlo ofreciéndole un título nobiliario y un millón de reales. Juan Martín se negó. Sostuvo que un hombre no debía faltar a lo que había jurado.
Fernando VII, que también había jurado la Constitución, tenía una opinión más flexible sobre los juramentos.
El Empecinado marchó al exilio y regresó de Portugal confiando en una amnistía. Fue detenido, humillado, encarcelado y condenado.
El rey aprobó personalmente la sentencia. Ni siquiera le concedieron la muerte de un militar ante un pelotón: lo ahorcaron en la plaza de Roa el 19 de agosto de 1825.
Napoleón no había conseguido atraparlo. Lo consiguió el rey al que ayudó a recuperar el trono.
El Empecinado confundió la defensa de España con la defensa de su monarca. Tardó demasiado en descubrir que no siempre es la misma cosa.

Algo parecido está pasando en Ceuta, los intereses del gobierno son muy diferentes a los intereses de los ceutíes. Esa, empecinado e improbable lector, es otra historia.