Loquillo y yo queremos un camión

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Sostiene Avenio que cumplir años es obligatorio; tener la edad que pone en el carnet, bastante más discutible.
He llegado a una edad en la que la pregunta ¿qué quieres ser de mayor? empieza a recuperar todo su sentido. De muy niño me lo preguntaban con frecuencia y yo respondía que obispo o bombero. Debí oír que alguien que vivía muy bien lo hacía como un obispo, y lo de bombero sé que era por el casco. Luego dejaron de preguntarme, quizá porque se suponía que ya lo había decidido. Y ahora Pere Estupinyà vuelve a planteármela.
Gemma Lienas, después de leer su libro, lo resume de una manera que me interesa especialmente: lo que quiere ella, es ser feliz. Y añade algo todavía mejor: su bienestar subjetivo ha aumentado respecto a etapas anteriores de su vida.


Luis Rojas Marcos, a sus 82 años, lo dice de otra manera: el cerebro envejece, sí, pero puede hacerlo a favor de la felicidad. Resulta que la ciencia empieza a dar la razón a algo que algunos mayores ya sospechábamos.

Laura Carstensen, psicóloga de Stanford, lleva décadas estudiando el envejecimiento. Su teoría de la selectividad socioemocional sostiene que, cuando percibimos que el tiempo que tenemos por delante es limitado, aprendemos a seleccionar mejor nuestras relaciones, nuestras experiencias y nuestros objetivos… Vamos, que dejamos de perder el tiempo…
El otro día, mi amiga de la infancia Carmen Alemán se empeñaba en invitarme a una especie de fiesta de pijamas cuya actividad fundamental consistía en escuchar canciones de los Beatles durante horas. Hace veinte o treinta años, no te diría que no. Hoy, ni hablar. No tengo absolutamente nada contra los Beatles. Tengo algo contra regalar una tarde de mi menguante existencia a una fiesta que no me apetece. Y esa capacidad de decir «no» sea, quizá, una de las pequeñas conquistas de hacerse mayor.
Estupinyà habla de unas edades nuevas. Hemos alargado la vida, llegamos a edades avanzadas con mayor autonomía y, por tanto, aparece una pregunta que nuestros abuelos apenas tuvieron ocasión de hacerse: ¿qué hacemos con todos estos años que hemos ganado? Porque no basta con añadir años a la vida. Hay que inventar una manera de vivirlos. Podemos aprender algo, comenzar un proyecto, viajar, enamorarnos, cuidar a los amigos, cambiar de costumbres o, sencillamente, decidir con mayor cuidado dónde ponemos el tiempo que nos queda. Quizá todavía nos falte inventar el nombre para esa edad en la que uno es oficialmente viejo pero no se siente ni terminado, ni acabado. Yo ya sé, al menos, lo que quiero ser de mayor. Quiero ser feliz como una perdiz y con un camión como el de Loquillo. Aunque queda un pequeño enemigo: la ansiedad. Esa inoportuna costumbre de preocuparse hoy por lo que quizá ocurra mañana. Para ella también he encontrado remedio: unos ejercicios de Chi Kung o de Tai Chi. Respirar, mover lentamente los brazos y procurar que la cabeza de forma coordinada con la respiración, atienda donde está el cuerpo. Aquí y ahora. Porque si a estas alturas hemos aprendido a seleccionar a los amigos, los proyectos y hasta las fiestas de los Beatles, también deberíamos aprender a seleccionar nuestras preocupaciones. El tiempo mengua. No parece sensato desperdiciarlo preocupándonos por adelantado.

Esa, estimado lector, es la misma historia.