Algo tendrá el agua cuando la bendicen

3 minutos, al libre albedrío

A VIcente, esperando le guste.

Acabé el último relato con una promesa: «La pasión es otra historia». Estimado lector —o, en este caso, Vicente—, aquí va ese intento. Procuraré contarlo con la mayor delicadeza posible.

Sostiene Avenio que el cuerpo siempre se entera antes que nosotros de lo que estamos sintiendo. Es un mensajero impaciente que, antes de que la razón redacte la notificación de lo que está ocurriendo, ya empieza a funcionar. Cuando aparece el deseo sexual, el cerebro apenas ha tenido tiempo de poner nombre a lo que ocurre, y el organismo ya ha empezado a mover sus piezas. El pulso se acelera discretamente, la respiración cambia de ritmo, las pupilas se dilatan, la piel se vuelve más sensible, y una compleja orquesta de hormonas comienza a interpretar una partitura escrita hace cientos de miles de años. Lo curioso es que, mientras todo eso sucede, la conciencia todavía anda preguntándose: «¿Qué me pasa?».

Avenio sospecha que el cuerpo habla un idioma mucho más antiguo que las palabras. Un idioma hecho de latidos, de miradas que se sostienen un segundo más de lo habitual, de un leve acercamiento casi involuntario, y de esa sonrisa que aparece antes de que exista una decisión consciente de sonreír. Quizá por eso los enamorados creen que se eligen con la cabeza, cuando en realidad el cuerpo llevaba varios minutos —o varios meses— preparando el encuentro.
La neurociencia explica que muchas de estas respuestas son automáticas. No obedecen a una orden consciente, sino a circuitos cerebrales que valoran, comparan y reaccionan con una velocidad que la razón apenas puede seguir. Después llega la mente, siempre tan elegante, y construye un relato para convencernos de que todo ha ocurrido de forma perfectamente natural. Avenio no termina de fiarse de esa versión. Cree que la razón es una magnífica cronista, pero una pésima testigo presencial. Siempre llega cuando los acontecimientos importantes ya han empezado. Tal vez por eso el cuerpo merece más crédito del que solemos darle. No porque siempre tenga razón, sino porque suele ser el primero en avisarnos de que algo importante está ocurriendo.

Y esta era la otra historia que había quedado en el tintero. Quizá por eso dicen que algo tendrá el agua cuando la bendicen. Porque cuando el cuerpo habla antes que la razón, conviene escucharlo… aunque luego sea la cabeza quien escriba el relato.