Al agua patos

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A la espera de las primeras nieves en Sierra Espuña —y de volver así a las tertulias en Murcia—, Avenio ya tiene preparado un tema para sus tertulianos: «La vanidad comienza ante un espejo y termina necesitando espectadores». Una persona puede arreglarse para sentirse bien;

la persona vanidosa necesita, además, que los demás se den cuenta. ¿Es cuestión de educación, o de carácter? Probablemente de ambas cosas. No es una cuestión de sexo. La educación entrega el espejo y el carácter decide cuánto tiempo pasaremos delante de él. Desde niños (porque la apariencia importa) antes de salir de casa nos colocan bien el cuello de la camisa, nos peinan y nos limpian con una toalla húmeda alguna mancha de la cara. Después llegan las recomendaciones: hay que causar buena impresión, vestirse adecuadamente y no presentarse de cualquier manera.

Todo eso forma parte de la convivencia, y hasta resulta conveniente. El problema comienza cuando causar buena impresión deja de ser una cortesía y se convierte en una obligación permanente. O cómo ir al Club Náutico hecho un pincel.

Conozco a varias mujeres que, antes de ir a la playa, pasan por la peluquería. No van después del baño, que parecería lo razonable, sino antes. Les arreglan cuidadosamente el pelo y, ya que están allí, se pintan los labios y se maquillan.

Llegan a la orilla del mar preparadas para una recepción diplomática. Entonces empieza la operación más difícil: bañarse sin que les caiga una sola gota de agua en la cabeza.

Entran en el mar despacio, con los brazos ligeramente separados del cuerpo y el cuello erguido. No nadan: avanzan. Vigilan las olas como si fueran animales peligrosos. Si alguna ola se atreve a levantarse más de la cuenta, retroceden indignadas. El Mediterráneo puede tolerarse siempre que se comporte como una bañera, a lo Mar Menor. El resto de los bañistas chapotea, bucea, juega con los niños o sale del agua con el pelo pegado a la cara y una dignidad propia de un buen baño.

Ellas, en cambio, mantienen la cabeza fuera del agua, como aquellas señoras antiguas que cruzaban un charco levantándose cuidadosamente la falda. Temen que, si se deshace el peinado o desaparece el maquillaje, los demás descubran algo que ellas mismas prefieren no mirar. La vanidad suele presentarse como amor propio aunque algunas veces no sea más que miedo disfrazado.

Todos deseamos gustar. La diferencia consiste en que unos aceptamos que hay momentos en los que aparecemos despeinados, mojados o sencillamente como somos, mientras otros viven pendientes de la impresión que causan.

El carácter vanidoso convierte esa recomendación en una condena. Y el mar, que no entiende de apariencias, lleva miles de años deshaciendo peinados y borrando maquillajes. Para eso, entre otras cosas, sirve bañarse. Hacerlo adecuadamente, estimado lector, es otra historia.