LA ERA DE ACUARIO

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Sostiene Avenio que desde el año 2000 hemos aumentado extraordinariamente nuestras capacidades. Ahora podemos perdernos siguiendo instrucciones de un satélite y discutir con un desconocido de otro continente sin levantarnos del sillón.
Antes, para ciertas tonterías, había que salir de casa.

Avenio lee «La era de Acuario», de Delia Rodríguez, y se encuentra con Carl Gustav Jung, que situaba el comienzo de esa nueva era entre los años 2000 y 2200. Avenio agradece el margen. Doscientos años permiten anunciar una transformación sin que los primeros decepcionados puedan reclamar al final.

Lo de Acuario le interesa como metáfora. Para explicar el comportamiento de su tertulia todavía no ha necesitado consultar las estrellas.
Desde el cambio de milenio lleva un móvil en el bolsillo que reúne más información de la que él podría leer en varias vidas. A veces lo utiliza para averiguar quién fue un escritor. Otras, para buscar las gafas con la linterna.
Las lleva puestas.
La cuestión empieza a inquietarlo cuando aparecen máquinas capaces de redactar, componer música y resolver problemas que él ni siquiera sabe plantear.
Avenio escribe relatos. Comprende, por tanto, la delicadeza del asunto.
Si ChatGPT encuentra en segundos el adjetivo que él lleva media tarde buscando, ¿qué debe hacer con el resto de la tarde?
Podría pasear. También podría preguntarse por qué necesitaba tanto aquel adjetivo.

En el artículo de Delia Rodriguez aparece el matemático Terence Tao, preocupado por lo que conviene conservar en medio de la transformación. Avenio recibe con cierto alivio que alguien capaz de entender cosas tan difíciles tenga también sus reservas.
Él tiene una duda más doméstica: si encarga cada vez más tareas a una inteligencia ajena, ¿en qué va a entretener la suya?
Recuerda cuando buscaba una palabra en el diccionario y acababa leyendo otras cinco. Había ido a resolver una duda y regresaba con varias. Aquella ineficacia le gustaba.
Ahora obtiene la respuesta al instante. Algunas veces la copia antes de haber terminado de entenderla.
Decide hacer inventario de sus capacidades humanas. Conserva la curiosidad, cierta memoria, una razonable disposición al afecto y una notable habilidad para justificar sus propias equivocaciones.
De esta última podría prescindir. Es, casualmente, la que mejor funciona sin ayuda tecnológica.
Al llegar a la tertulia guarda el teléfono. Un amigo empieza a contar algo que Avenio ya conoce. Está a punto de interrumpirle, de corregir una fecha, de demostrar que también él sabe.
Entonces se contiene y escucha.
El amigo añade un detalle que nunca había contado.
Avenio piensa que quizá deba empezar por escuchar para entrar en la nueva era.
Para escuchar tampoco era necesario esperar al año 2026. Esa, paciente lectora, es otra historia.