LA LIBERTAD DE QUIÉN

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Sostiene Avenio que, cuando un político pronuncia la palabra libertad, conviene esperar a que termine la frase. A veces, lo que viene después deja fuera a media población.

Le llega al teléfono una fotografía de Umberto Eco acompañada de una sentencia: «Cuando el fascismo regrese, no dirá “soy el fascismo”; dirá “soy la libertad”».

La frase impresiona. Avenio busca su procedencia y descubre que no hay constancia fiable de que Eco la escribiera. Empieza bien el asunto: para advertir contra la manipulación, alguien ha puesto una frase sin acreditar debajo de una cara prestigiosa.

Decide conservar la advertencia y devolverle al escritor el derecho a no haberla dicho.

En España, la posibilidad de un Gobierno del PP sostenido por Vox aparece en los sondeos. Una posibilidad, desde luego. Las urnas tienen la saludable costumbre de abrirse después de las encuestas.

A Avenio le preocupa que una derecha recalcitrante pueda llegar al Gobierno y encuentre demasiado cómoda la compañía de quienes consideran sospechoso cualquier modo de vivir distinto del suyo.

Ser conservador es una opción democrática. Querer conservar para uno derechos que se discuten a los demás ya exige otra explicación.

Avenio querría escucharla.

¿Qué libertad se promete a quien desea decidir sobre su propia vida? ¿Qué lugar se reserva al discrepante? ¿Se podrá criticar al Gobierno sin que te manden salir de España? ¿Seguirá siendo español quien tenga una idea distinta de España?

Son preguntas bastante molestas. Hubo generaciones que pagaron muy caro el derecho a formularlas.

También observa a la izquierda, tan aficionada a explicar sus diferencias que a veces olvida explicar sus soluciones. El ciudadano pregunta por el alquiler y recibe una discusión sobre quién debe encabezar la candidatura. Pregunta por la lista de espera y le aclaran quién tiene la culpa.

Al cabo de un rato, deja de preguntar.

Ese cansancio tiene consecuencias. Quien promete poner orden puede encontrar una audiencia dispuesta a escucharle. Sobre todo si evita explicar sobre quién piensa ponerlo.

Eco sí dejó escrito que el fascismo puede regresar con apariencias inocentes. Avenio entiende que reconocerlo exige algo más que buscar uniformes antiguos. Conviene observar cómo se trata al débil, qué se hace con la crítica y cuántos enemigos necesita un dirigente para explicar sus fracasos.

Llamar fascista a cualquier adversario acaba gastando la palabra. Reservarla únicamente para los muertos puede impedirnos reconocer a los vivos.

Avenio acepta que gane quien consiga los votos necesarios. La democracia incluye esa incomodidad: también gobiernan aquellos a quienes uno no habría encargado ni la presidencia de la comunidad.

Lo que les exigirá es que respeten los derechos de quienes no los votaron.

Por eso, cuando vuelva a escuchar una promesa de libertad, procurará hacer una pregunta antes de aplaudir:

—¿También para ese señor que les lleva la contraria? Esa, amigo lector es otra historia.