EL UNIVERSO VISTO DESDE EL AJO PARECE UNA NOVELA POLICÍACA

4 minutos y pico
Sostiene Juan José Millás que la humanidad se divide entre quienes están en el ajo y quienes vivimos tranquilamente fuera de él. Los primeros conocen los intríngulis. Saben lo que ocurre detrás de las puertas, quién manda de verdad, por qué se tomó aquella decisión y quién llamó a quién cinco minutos antes de que apareciera la noticia en los periódicos. —Esto no es como lo cuentan —suelen decir. Y entonces bajan un poco la voz. Lo curioso, observa Millás, es que los que están en el ajo nunca cuentan el mismo ajo. Cada uno conoce un pasadizo diferente, una conspiración distinta y, naturalmente, una fuente absolutamente fiable que no pueden revelar. Los demás vivimos en el pasillo.Y en ese pasillo nos encontramos a M.ª Louise, Luis, Juan Luis, Purita, Avenio, las tres Anas, el Guille, la Cuchi y muchos zagales de acuerdo con Vicente. Y otros que espero se sientan aludidos. Avenio, concretamente, se ocupa de los tomates cherry y demás macetas; no parece una actividad de gran trascendencia política, tampoco conviene despreciarla.

Guille pensado en sus cosas mirando al mar.
Mientras los que están en el ajo conocen los secretos del Estado, Avenio intenta que sus tomates sobrevivan al intenso verano. Y procura, además, no transmitirles la rabia que le produce la mala gestión de los incendios que nadie apagó durante el invierno. Porque uno puede enfadarse con la Administración, pero no tiene derecho a pagarlo con un tomate. A pesar de las tórridas temperaturas de junio y julio, la cosecha salió adelante. Un éxito. Los cherry proceden de un chito que me regaló Juan Luis, y se han convertido en pura esencia de tomate. Uno de esos sabores capaces de hacer algo que ni los políticos ni los filósofos han conseguido todavía: trasladarnos en el tiempo. Muerdo uno recién cogido de la mata

y regreso inmediatamente a Las Ramblas, la finca de mi madre. Allí los tomates sabían a tomate. La memoria posee extraños mecanismos.

Proust necesitó una magdalena. A mí me basta un cherry.
En Las Ramblas aprendí, además, una de las primeras formas de organización política. Mi madre, doña Juana, dejó muy claro a mi padre y a mí que aquella finca era suya.Y donde mandaba doña Juana no había Constitución, Tribunal Supremo ni recurso de casación que valiera. Su criterio no se discutía. Mi padre y yo aceptábamos aquella monarquía absoluta con bastante naturalidad, entre otras razones porque éramos conscientes de que cualquier intento revolucionario estaba condenado al fracaso. Doña Juana era muy antigua. Tan antigua que la electricidad llegó a Las Ramblas bastante tarde. No recuerdo que aquello nos pareciera especialmente grave. La oscuridad tenía entonces una dignidad que se ha perdido. Llegaba la noche y se encendían las lámparas de carburo. El campo se quedaba fuera, oscuro y silencioso; dentro de la casa continuaba la vida. Ahora, tantos años después, un pequeño tomate me devuelve a todo aquello: la finca. Mi padre disfrutando del paisaje. Mi madre ejerciendo el poder sin necesidad de elecciones. El olor de la tierra. Y aquel sabor del tomate recién arrancado de la mata. Quizá por eso cada vez me interesa menos estar en el ajo. Los que están dentro conocen secretos, conspiraciones, pasadizos y conversaciones reservadas. Nosotros, los del pasillo, tenemos cosas bastante distintas: amigos, recuerdos, una mata que ha resistido el calor y unos tomates con sabor, como cuando éramos niños. Pensándolo bien, tampoco está tan mal vivir fuera del ajo.
Ahora bien, si el ajo está bien acompañado de tomate…

El pan tomaca, como sabes, improbable lector, es otra historia.

Hay sabores que se quedan en el subconsciente.
Respecto a doña Juana, siempre han existido mujeres que mandaban en su territorio y, los maridos listos, no intervenían.
Xaxtamente