PERITO EN CONCUPISCENCIA

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Sostiene Avenio que todos llevamos un perito en concupiscencia escondido en alguna parte del cerebro. Sale poco, pero cuando aparece emite dictámenes con una seguridad asombrosa. Su mejor amiga, M.ª Luisa, discute con él cada vez que surge el asunto. —Los hombres somos más concupiscentes.—Qué va —responde ella—. Lo que ocurre es que las mujeres disimulamos mejor. Avenio, que desconfía de las verdades absolutas, suele zanjar la cuestión con una sentencia que considera salomónica: -La concupiscencia no entiende de sexos; entiende de situaciones oportunas- .

La palabra tiene mala fama: concupiscencia. Suena a pecado cometido detrás de una cortina, a confesonario, o a uno de esos términos que pronunciaban los curas de nuestra adolescencia bajando ligeramente la voz. Sin embargo, viene a significar algo bastante más sencillo y antiguo: es cuando el deseo empieza a tirar de nosotros.

Todo esto viene de recuperar a Miguel Hernández y su primer libro, en una siesta de finales de este caluroso mes de julio. En 1933 publicó Perito en lunas, un libro extraño, hermético, juvenil y deslumbrante. Había regresado poco antes de su primer viaje a Madrid, donde entró en contacto con aquella poesía neogongorina que fascinaba a la Generación del 27. Góngora volvía a estar de moda, y el joven poeta de Orihuela decidió demostrar que él también sabía convertir las cosas más sencillas en acertijos. Y vaya si sabía. Las octavas de Perito en lunas no llevaban originalmente los títulos con los que después hemos intentado descifrarlas. Una de ellas ha sido identificada como «Sexo en un instante». El título ya promete. Hernández no describe el sexo. Lo esconde. Habla de una «perpendicular morena», de ceros, bisectrices, equidistancias, vértices y espuma. Una pequeña clase de geometría que, leída con cierta inocencia, podría parecer un problema de bachillerato. Pues no. Buena parte de la crítica ha visto detrás de aquellas figuras geométricas la descripción cifrada de la excitación masculina y la autosatisfacción. El joven poeta convierte así un impulso elemental en una octava real perfectamente medida. El cuerpo pide una cosa y la poesía hace otra: le pone métrica. Quizá ahí esté precisamente la concupiscencia. No solo en desear, sino en lo que hacemos con el deseo. Hoy sabemos que en ese asunto intervienen circuitos cerebrales relacionados con la emoción y la recompensa, mientras la corteza prefrontal evalúa consecuencias y, algunas veces, consigue decir que no. Otras veces dice que sí. Y algunas, como le ocurrió a Miguel Hernández, parece decir: -De acuerdo, pero en octavas reales-. La educación moral y religiosa del joven poeta tuvo que conocer bien ese combate: deseo por un lado; voluntad, pudor y pecado por otro. Hernández encontró una salida formidable: no eliminó el deseo, lo transformó en metáfora. Donde cualquiera habría visto un cuerpo, él vio geometría. Donde había excitación, puso una perpendicular. Y donde la anatomía habría terminado rápidamente el asunto, apareció Góngora para complicarlo. Avenio sostiene que esa es precisamente la diferencia entre el concupiscente vulgar y el concupiscente ilustrado. El primero satisface el impulso. El segundo, antes de hacerlo, intenta explicárselo.

M.ª Luisa discrepa. —Eso lo dices porque eres hombre.—¿Ves? —responde Avenio—. Ya estamos otra vez… Y vuelve entonces nuestro pequeño perito cerebral, abre su cartera, examina las pruebas y pretende emitir sentencia. El deseo tiene una incómoda costumbre: nunca espera a que termine la reflexión. Miguel Hernández lo comprendió muy joven. Por eso fue Perito en lunas y, quizá sin proponérselo, también perito en concupiscencia. Sospecho, estimada lectora y/o estimado lector, que en esa especialidad ninguno de nosotros necesita demasiado asesoramiento. Peritos en concupiscencia somos todos. Peritos en lunas, solo algunos distinguidos poetas.

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