Torntom Wilder vs José Ortega

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3 premios Pulitzer

La frase «la piel de nuestros dientes» tiene dos significados principales: una famosa expresión idiomática sobre salvarse por muy poco (origen bíblico, y equivalente a salvarse por los pelos) y una conocida obra de teatro del escritor estadounidense Thornton Wilder, que ganó tres Premios Pulitzer: uno de narrativa por su novela El puente de San Luis Rey (1928) y dos de teatro por sus obras Nuestra ciudad (1938) y La piel de nuestros dientes (1943). Es el único escritor galardonado en ambas categorías.

La relación entre «La piel de nuestros dientes» y el pensamiento de José Ortega y Gasset es profunda porque ambos parten de una misma pregunta: ¿qué mantiene viva a la civilización cuando todo parece derrumbarse?
En la obra de Thornton Wilder, la familia Antrobus sobrevive una y otra vez a glaciaciones, guerras y catástrofes. No lo hace porque sea excepcional, sino porque representa a toda la humanidad. La historia avanza en ciclos: el ser humano construye, destruye y vuelve a empezar. La supervivencia depende de conservar el conocimiento, la cultura y la voluntad de seguir adelante.
Ortega y Gasset, por su parte, sostiene en «La rebelión de las masas» que una sociedad solo progresa cuando existen personas que se exigen más a sí mismas que a los demás. Su célebre idea de que «nobleza obliga» no alude a un privilegio de nacimiento, sino a una aristocracia del carácter: hombres y mujeres que asumen la responsabilidad de mejorar continuamente y de sostener la cultura frente a la comodidad y la mediocridad.
Ahí confluyen ambos autores. Wilder muestra que la humanidad puede sobrevivir físicamente a las catástrofes; Ortega recuerda que sobrevivir no basta. Si en cada generación desaparece esa minoría de personas que cultivan el conocimiento, la responsabilidad y el esfuerzo, la civilización corre el riesgo de repetir eternamente sus errores.
La familia de Wilder simboliza precisamente esa lucha cotidiana: educar a los hijos, preservar los libros, mantener el hogar y reconstruir después del desastre. Son gestos sencillos que representan la continuidad de la cultura. Ortega diría que esos actos son propios del ser humano que no se abandona a la inercia, sino que convierte la exigencia consigo mismo en una forma de servicio a la sociedad.
En definitiva, Thornton Wilder aporta la esperanza: la humanidad siempre encuentra fuerzas para volver a levantarse. Ortega añade la condición, la circunstacia: ese renacimiento solo tendrá verdadero sentido si está guiado por personas que aspiren a ser mejores de lo que las circunstancias les exigen. Juntos ofrecen una enseñanza vigente: la historia puede ser cíclica, pero el progreso moral depende de la responsabilidad individual. Solo una auténtica aristocracia del carácter evita que cada nuevo comienzo sea simplemente la repetición del fracaso anterior. Las próximas elecciones nos pondrán en nuestro sitio. Esa, distinguido lector, es otra historia.

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