LOS TRES MOSQUETEROS Y EL JOVEN BAROJA ADOLESCENTE

A Mari Belcha

Tiempo de lectura 6 minutos

Si encuentras tu tiempo de lector, te pido por favor, que atiendas a Mari Belcha, cuento de Pío Baroja. Creo, sin petulancia, que quedarás agradecido. Es un cuento sin «aunques« ni «muerto al final del cuento«.

Firma del joven Baroja

A duras penas sopló la vela,
la llama se apagó y el sueño lo venció… comenzó su ensoñación…
Tres sombras y una espada.
Cuando creyó abrir los ojos el aire era distinto: olor a establos, a cuero y a algo indefinible que le recordaba a un teatro lleno. Tres sombras le apuntaban, uno de ellos con un florete.
—¿Quién sois? —tronó una voz grave.
Era Athos. A su lado, Porthos levantaba el mentón con orgullo teatral. Aramis lo observaba con media sonrisa.
Baroja se incorporó torpemente del suelo polvoriento.
—Si hablara demasiado, me perdería —dijo.  “Lo bueno, si breve…”
—¿Dos veces bueno?… —completó Aramis—. Vaya, el muchacho es educado.
—¿Es una amenaza disfrazada? —gruñó Porthos.
—No, señor —respondió Baroja—. Es sólo… filosofía española.
Los mosqueteros intercambiaron miradas. Nada más peligroso que un hombre que dice la verdad. O quizá nada más aburrido.
—Entonces hablad claro —ordenó Athos—. ¿Quién sois?
Baroja se pasó la mano por el cabello.
—Creo… que soy un lector atrapado en un libro.
—Bah, delira —dijo Porthos.
—O dice la verdad más absurda que he oído nunca —añadió Aramis.
Athos guardó su espada.
—Sea como sea, vendréis con nosotros.
Comenzaron a cabalgar; había dos caballos sin montura que seguian a los cuatro jinetes.
Avanzaban por un sendero bordeado de robles. Los mosqueteros hablaban entre sí, planeando algo que Baroja no terminaba de entender. Él intentaba no caerse del caballo, que parecía tener más criterio que su jinete.
—Habláis poco —observó Aramis.
—Porque no tengo nada que decir —respondió Baroja—. Además  mi compatriota Cervantes escribió: “Cada uno es hijo de sus obras”. Y yo por ahora, no tengo ninguna.
Athos asintió, aunque sin volverse.
—Las obras se forjan en la acción.
—O en los libros —replicó Baroja.
Porthos soltó una carcajada:
—¡En los libros! ¡Decid eso en un duelo y veréis cuán rápido os atraviesan!
—Primero pensar, y después obrar —insistió Baroja—. Gracián lo dejó muy claro.
Athos murmuró:
—Demasiados consejos para tan poca espada.
Llegaron a una cabaña abandonada. En el interior, sobre una mesa de madera antigua había un pergamino con un sello roto.
—Un mensaje cifrado —dijo Athos.
—Del cardenal, sin duda —añadió Aramis.
Intentaron descifrarlo. Nada…
Porthos, cansado, golpeó la mesa con el puño.
—¡Esto es cosa de brujos o de curas!
Baroja inclinó la cabeza, examinó las marcas. Recordó una frase de Saavedra Fajardo que había leído la tarde anterior:
—“Lo que no se ve, se conoce por las consecuencias”.
—¿Qué demonios significa eso? —preguntó Porthos.
—Que si esta marca está aquí —respondió Baroja—, es porque intenta tapar otra cosa.
Tocó el borde del pergamino. Un pequeño pliegue se abrió como la cueva de Aladino. Dentro había un segundo mensaje, con un mapa y un nombre.
Athos silbó, impresionado.
—Muchacho… hoy has salvado a Francia.
Porthos lo miró con nuevo respeto.
—Quizá los libros sirvan para algo después de todo…
Aramis sonrió.
—Tiene mente de mosquetero, aunque usa palabras en lugar del acero.
Baroja se encogió de hombros.
—Las palabras, cuando son precisas, son como una buena esgrima con florete.

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La pista los condujo a una pequeña torre donde un cortesano conspiraba contra el rey. La escena fue rápida: Athos derribó la puerta, Porthos redujo al traidor, Aramis recogió las pruebas.
Baroja se quedó atrás, observando. Aquello no era su mundo. Las espadas brillaban como ideas afiladas, pero él sabía que jamás empuñaría una.
Athos, respirando hondo, le dijo:
—Has sido valiente.
—No, señor —contestó Baroja—. Solo he sido observador.
Aramis añadió:
—La observación también es valor. Es otro tipo de duelo.
Porthos le dio un manotazo amistoso en la espalda que casi lo derriba.
—¡Yo digo que este chaval se queda con nosotros!
Baroja sonrió.
—Lo agradezco… pero creo que ya he estado demasiado tiempo fuera de mis páginas.

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La luz cambió de tono. Los mosqueteros se desvanecieron poco a poco, sin dramatismos.
—Adiós, joven filósofo —dijo Aramis.
—Te debemos una —gruñó Porthos.
Athos levantó la mano.
—Recordadnos… pero no demasiado. Las aventuras, si breves, son dos veces buenas.
Baroja quiso responder, pero ya no podía. Todo giró.
Y despertó en su buhardilla.
La vela consumida todavia  humeaba ligeramente.

Los libros seguían allí, tranquilos, como animales dormidos. Baroja tomó la pluma y abrió su cuaderno.
Escribió:
“Lo bueno, si breve, dos veces bueno.”
Y debajo:
“Y aun lo malo, si poco, no tan malo.”
Sonrió.
—Quizá sí puedo llegar a escribir —dijo en voz baja—. Quizá ése sea mi modo de esgrima.
Fuera, en Madrid amanecía.

Firma de Don Pío

«La tesis doctoral de don Pío Baroja, titulada «El dolor. Estudio de psicofísica», fue defendida y aprobada en la Universidad Central de Madrid en mayo de 1896. Este trabajo le permitió obtener el título de doctor en Medicina». Esa, estimado lector, es otra historia.