LO BREVE… ES IR AL GRANO

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Sostiene Avenio que la primera obligación de un escritor consiste en respetar el tiempo de quien le lee. Quizá por eso nunca sintió la tentación de escribir una novela de doscientas páginas. Le bastan tres minutos de atención de un improbable lector. A veces, incluso menos. Le viene a la memoria aquel célebre cuento de Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Siete palabras que llevan décadas despertando interpretaciones. Hay relatos tan breves que ocupan más espacio en la imaginación que en el papel. Recuerda también aquella greguería de Ramón Gómez de la Serna: «La q es la p que vuelve de paseo». Una ocurrencia que resume a la perfección la fórmula del autor: humorismo más metáfora. Capturar lo cotidiano desde un ángulo inesperado. Avenio sospecha que escribir un relato corto no consiste en escribir poco. Consiste en retirar todo lo que estorba hasta dejar únicamente lo imprescindible.

Como el escultor que asegura no crear una escultura, sino limitarse a quitar el mármol sobrante. Hay quien disfruta levantando «catedrales literarias». Son los grandes arquitectos de la literatura universal.

Compararse con ellos sería un ejercicio tan inútil como ocioso. Avenio no escribe relatos de tres minutos porque tenga prisa. Al contrario. Los escribe porque sabe que hoy el tiempo es el bien más escaso. Si al terminar uno de ellos alguien sonríe, frunce el ceño o permanece unos segundos pensando antes de continuar con su vida, da el trabajo por bien hecho. Ir al grano no significa quedarse corto. Significa confiar en la inteligencia del lector para completar lo que las palabras apenas insinúan. Posiblemente mis relatos no sean más que un intento de aproximarme a la greguería. Reconozco mi hándicap.

¡Ah! La poesía es, querido lector, otra historia.

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