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…Esperando para ser recibido en la consulta gratuita de GAES, observo a la recepcionista con su acento suave y su impecable maquillaje. Una cara limpia del centro sur de Colombia, atendiendo a los clientes y el teléfono. Me dejo llevar por su cadencia. Me imagino tomando un café en un establecimiento colombiano. Es curiosa la manera de decir ok. La forma de cantarla es muy distinta a la de la muchachita yanki del norte. Su significado sí es el mismo. Es una palabra universal… Otras palabras universales: siesta, sándwich…

Hay palabras que viajan más que las personas.

Palabras que cruzan océanos sin pasaporte, que no pagan aduanas y, sin embargo, llegan intactas al oído de cualquiera. OK.

Siesta.

Sándwich.

Tres palabras donde medio mundo cabe en ellas.

Esperaba —veintiocho minutos exactos . Lo cronometré para saber cuánto hay que aguardar en una consulta gratuita de GAES—. La sala tenía ese silencio educado de los lugares donde uno escucha más de lo que habla. Allí estaba, la recepcionista, rompiendo el aire con su voz.

Chica colombiana sonriendo. Una atractiva joven hispana

Un acento suave, del centro-sur de Colombia. No sabría precisar la ciudad: Bogotá, quizá Cali. Sí su ritmo. Y una cadencia que no empuja las palabras, las mece. Poniéndote en bandeja su O-keey…

No era el “ok” rápido, funcional, casi militar de una muchacha del norte —pongamos de Nueva York—. Aquel “ok” colombiano tenía algo más: una pausa, un pequeño descanso entre la o y la k, como si la palabra respirara antes de llegar a su destino.

Pensé entonces que hay palabras que no solo se entienden: se comparten.

“OK”, nació posiblemente, de una broma tipográfica en el siglo XIX, una abreviatura de “oll korrect”. Un error convertido en norma, (all correct). Y, sin embargo, hoy es quizá la palabra más reconocible del planeta. Un pequeño gesto lingüístico que dice: todo está bien, puedes seguir. Hay varias teorías sobre el origen del término. La verdad, estimada lectora, que he puesto está versión al turún tun tun. Las hay a capazos y todas verosímiles.

“Siesta”, en cambio, no tiene vuelta de hoja, en los lugares donde el sol cae a plomo. España y buena parte de América Latína, entre otros países, entendieron que el cuerpo también tiene sus leyes. Que hay una hora en la que el mundo debe detenerse: “el rato de echar un quiebre”.

La palabra salió de aquí —de patios encalados, de persianas bajadas, de ese silencio denso de las tres de la tarde— y se instaló en otros idiomas sin traducción posible.

Y luego está “sándwich”.

Un nombre propio —el de John Montagu— que terminó convirtiéndose en comida universal. Un gesto práctico: no mancharse las manos mientras se jugaba a las cartas. Pan, jamón y queso, y pan.

Conde de Sandwich

Sencillo. Repetible. Exportable. Como todas las buenas ideas.

La recepcionista seguía hablando. Contestaba el teléfono, anotaba citas, ofrecía soluciones. Y de vez en cuando, ese “ok” volvía a aparecer.

Pensé que quizá la universalidad de algunas palabras no depende de su origen, sino de su utilidad emocional.

Decimos “ok” para tranquilizar.

Decimos “siesta” para cuidarnos.

Decimos “sándwich” para resolver.

Son palabras que no explican el mundo: lo hacen habitable.

-Puede Vd. pasar al gabinete, por aquí, señor-.

Me levanté, y un momento antes de cruzar la puerta de la consulta escuché otro suave: O-keey…

Mi capacidad auditiva, estimado lector, es otra historia.

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