Un libro de caballería

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A Fátima Avilés Llorens y  a Fátima Sánchez Galindo en el día de su santo

  Al parecer, por lo que se afirma en el prólogo, esta biografía es la mejor de los innumerables relatos que se han escrito sobre la asombrosa aventura de la Doncella de Orleans. Personal Recollections of Joan of  Arc es el último título que Mark Twain eligió para este libro y, además, lo firmó con un seudónimo diferente del que habitualmente utilizaba: Jean François Alden, escudero de » la doncella de Orleans».

Juana de Arco no pudo obtener la defensa del hidalgo, que llegó unos dos siglos después. Don Alonso Quijano no habría permitido tamaño desatino de haber vivido en la época de Juana. Por aquellos años la humanidad veía pasar el tiempo en galera. Me  imagino a nuestro destartalado hidalgo irrupiendo en la hoguera para rescatar a la joven Juana de Arco, dejando a sus jueces y verdugos malheridos y magullados.

Creo, estimado lector, en la escena utópica, estimulada por Mark Twain, que afirma «que la vida de Juana de Arco es el más perfecto de los libros de caballería jamás escrito»…

Mark Twain

Y ¿qué me dice Vd. del hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”? Bueno, la gracia del libro escrito por Twain es que trata sobre una persona real, que vivió en la primera mitad del siglo XV, y que consiguió la santidad y ser la Patrona de Francia.

Y sin embargo, en algún lugar de la llanura manchega —o quizá en una página que Miguel de Cervantes dejó entreabierta—, hay un caballero que llegó tarde a esa cita.

Don Quijote.

Hay caminos que no aparecen en los mapas. No llevan a ciudades ni a puertos. Llevan a encuentros que no pudieron haber sucedido.

Imaginemos uno de esos caminos.

Una llanura sin nombre.

Ni Francia ni Castilla.

Por un extremo avanza Juana.  Lleva armadura, la que el uso ha hecho suya. No mira al cielo, aunque escucha. Siempre escucha sus voces —San Miguel, Santa Catalina— . Dicen lo necesario.

Por el otro lado, aparece Don Quijote. Más alto de lo que la realidad permite. Más flaco de lo que la lógica aconseja.

Se ven. Y se detienen.

—¿Sois caballero? —pregunta Juana. No lo pregunta como quien duda. Lo pregunta como quien verifica.

—Lo soy —responde Don Quijote—, por la gracia de mis libros y la firmeza de mi voluntad.

Juana asiente. Eso le basta. Caminan juntos un trecho. No hablan al principio. Hay silencios que no incomodan; al contrario, ordenan.

Finalmente, Don Quijote rompe el aire: —Decidme, doncella… ¿quién os armó caballero?

Juana sonríe apenas.

—Nadie.

—¿Nadie?

—Fui llamada.

Don Quijote se detiene. Ahí hay algo que sus libros no le enseñaron.

—¿Llamada? —repite.

—Sí. Como cuando sabéis que debéis levantaros aunque nadie os haya despertado.

Don Quijote baja la vista. Piensa en sus noches de lectura, en las páginas devoradas, en las palabras que le empujaron a salir al mundo.

—A mí me llamaron los libros —dice al fin.

Juana lo mira con una mezcla de ternura y gravedad.

—Entonces no estamos tan lejos.

Y siguen caminando. A lo lejos, algo se mueve. —Son gigantes —dice él, con una convicción que no admite réplica.

Juana observa. No discute.

—Si lo son para vos —responde—, entonces debéis combatirlos.

—¿Y vos?

—Yo lucho contra los ingleses.

Don Quijote frunce el ceño.

—Eso suena más razonable.

Juana no responde. Porque sabe algo que Don Quijote todavía no ha aprendido: que lo razonable no siempre es lo verdadero.

Se sientan sobre una piedra grande. El viento pasa como siempre, a su aire…

—He sido herida —dice Juana—.

—Yo también —responde Don Quijote con cierto orgullo.

—He vencido —añade ella.

Don Quijote guarda silencio.

—Yo… —empieza—… he insistido.

Juana lo mira. Ahí hay algo más valioso que una victoria.

—¿Y vuestro rey? —pregunta Don Quijote—. ¿Es digno? Juana tarda en responder. Piensa en Carlos VII de Francia, en sus dudas, en su debilidad, en su necesidad de ser confirmado por otros. —Es el rey —dice al fin.

Don Quijote asiente mientras piensa en Dulcinea. Alguien que no es, y sin embargo es más que nadie. —Yo lucho por una dama —dice: se llama Dulcinea.

—Yo también —responde Juana—. Se llama Francia.

Dos formas distintas de nombrar lo mismo. El sol comienza a caer. Siempre cae demasiado pronto en estas historias.

—¿Cómo termina vuestra aventura? —pregunta Don Quijote.

Juana no aparta la mirada del horizonte. —Con fuego, en la hoguera. Don Quijote se estremece. —La mía… —dice— termina en una cama. Juana vuelve el rostro. —¿Y dejáisteis de creer?

Don Quijote tarda en responder; Mucho. —Sí. El silencio que sigue ya no es el de antes. Juana se levanta. —Entonces —dice— vuestra lucha era más difícil que la mía.

Don Quijote la mira, sorprendido. —¿Más difícil?

—Sí.

—¿Por qué?

Juana duda un instante, como si escuchara algo. —Porque no teníais voces. Don Quijote sonríe, triste. —Tenía libros.

—No es lo mismo.

Se separan sin ceremonia. Sin explicaciones

Don Quijote continúa hacia sus molinos.

Juana hacia su destino.

El camino vuelve a cerrarse tras ellos.

Años después —o siglos antes—, en una habitación silenciosa, un hidalgo enfermo recobra la razón. Reniega de sus aventuras. Pide perdón por sus delirios y vuelve a ser Alonso Quijano.

En otro lugar, en otro tiempo, una joven arde en la hoguera sin renegar de nada. Ni de sus voces. Ni de su misión. Ni de sí misma.

Tal vez —como sospechaba Mark Twain— el mundo solo tolera los libros de caballería cuando ocurren una sola vez.

Y después… los tres pastorcillos se cruzan en el relato… normal, es trece de mayo.

Y ahora, improbable lector me pregunto: ¿quién está más cerca de la verdad?

¿La que oyó voces y cambió la historia?

¿El que leyó libros y cambió la literatura?

O —quizá— los tres pastorcillos que  vieron a la Virgen de Fátima.

Esa, la historia de la Virgen encima de una pequeña encina es, amigo lector, otra historia.

Creo, estimado lector, en la escena utópica, estimulada por Mark Twain, que afirma «que la vida de Juana de Arco es el más perfecto de los libros de caballería jamás escrito»…
Y ¿qué me dice Vd. del “hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”? Bueno, la gracia del libro escrito por Twain es que trata sobre una persona real, que vivió en la primera mitad del siglo XV, y que consiguió la santidad y ser la Patrona de Francia.
Y sin embargo, en algún lugar de la llanura manchega —o quizá en una página que Miguel de Cervantes dejó entreabierta—, hay un caballero que llegó tarde a esa cita.
Hay caminos que no aparecen en los mapas. No llevan a ciudades ni a puertos. Llevan a encuentros que no pudieron haber sucedido.
Imaginemos uno de esos caminos.
Una llanura sin nombre.
Ni Francia ni Castilla.
Por un extremo avanza Juana.  Lleva armadura, la que el uso ha hecho suya. No mira al cielo, aunque escucha. Siempre escucha sus voces —San Miguel, Santa Catalina— . Dicen lo necesario.
Por el otro lado, aparece Don Quijote. Más alto de lo que la realidad permite. Más flaco de lo que la lógica aconseja.
Se ven. Y se detienen.
—¿Sois caballero? —pregunta Juana. No lo pregunta como quien duda. Lo pregunta como quien verifica.
—Lo soy —responde Don Quijote—, por la gracia de mis libros y la firmeza de mi voluntad.
Juana asiente. Eso le basta. Caminan juntos un trecho. No hablan al principio. Hay silencios que no incomodan; al contrario, ordenan.
Finalmente, Don Quijote rompe el aire: —Decidme, doncella… ¿quién os armó caballero?
Juana sonríe a penas.
—Nadie.
—¿Nadie?
—Fui llamada.
Don Quijote se detiene. Ahí hay algo que sus libros no le enseñaron.
—¿Llamada? —repite.
—Sí. Como cuando sabéis que debéis levantaros aunque nadie os haya despertado.
Don Quijote baja la vista. Piensa en sus noches de lectura, en las páginas devoradas, en las palabras que le empujaron a salir al mundo.
—A mí me llamaron los libros —dice al fin.
Juana lo mira con una mezcla de ternura y gravedad.
—Entonces no estamos tan lejos.
Y siguen caminando. A lo lejos, algo se mueve. —Son gigantes —dice él, con una convicción que no admite réplica.
Juana observa. No discute.
—Si lo son para vos —responde—, entonces debéis combatirlos.
—¿Y vos?
—Yo lucho contra los ingleses.
Don Quijote frunce el ceño.
—Eso suena más razonable.
Juana no responde. Porque sabe algo que Don Quijote todavía no ha aprendido: que lo razonable no siempre es lo verdadero.
Se sientan sobre una piedra grande. El viento pasa como siempre, a su aire…
—He sido herida —dice Juana—.
—Yo también —responde Don Quijote con cierto orgullo.
—He vencido —añade ella.
Don Quijote guarda silencio.
—Yo… —empieza—… he insistido.
Juana lo mira. Ahí hay algo más valioso que una victoria.
—¿Y vuestro rey? —pregunta Don Quijote—. ¿Es digno? Juana tarda en responder. Piensa en Carlos VII de Francia, en sus dudas, en su debilidad, en su necesidad de ser confirmado por otros. —Es el rey —dice al fin.
Don Quijote asiente mientras piensa en Dulcinea. Alguien que no es, y sin embargo es más que nadie. —Yo Esa, la historia de la Virgen encima de una pequeña encina es, amigo lector, otra historia.
—Yo también —responde Juana—. Se llama Francia.
Dos formas distintas de nombrar lo mismo. El sol comienza a caer. Siempre cae demasiado pronto en estas historias.
—¿Cómo termina vuestra aventura? —pregunta Don Quijote.
Juana no aparta la mirada del horizonte. —Con fuego, en la hoguera. Don Quijote se estremece. —La mía… —dice— termina en una cama. Juana vuelve el rostro. —¿Y dejáisteis de creer?
Don Quijote tarda en responder; Mucho. —Sí. El silencio que sigue ya no es el de antes. Juana se levanta. —Entonces —dice— vuestra lucha era más difícil que la mía.
Don Quijote la mira, sorprendido. —¿Más difícil?
—Sí.
—¿Por qué?
Juana duda un instante, como si escuchara algo. —Porque no teníais voces. Don Quijote sonríe, triste. —Tenía libros.

—No es lo mismo.

Se separan sin ceremonia. Sin explicaciones
Don Quijote continúa hacia sus molinos.
Juana hacia su destino.
El camino vuelve a cerrarse tras ellos.
Años después —o siglos antes—, en una habitación silenciosa, un hidalgo enfermo recobra la razón. Reniega de sus aventuras. Pide perdón por sus delirios y vuelve a ser Alonso Quijano.
En otro lugar, en otro tiempo, una joven arde en la hoguera sin renegar de nada. Ni de sus voces. Ni de su misión. Ni de sí misma.
Tal vez —como sospechaba Mark Twain— el mundo solo tolera los libros de caballería cuando ocurren una sola vez.
Y después… los tres pastorcillos se cruzan en el relato… normal, es trece de mayo.
Y ahora, improbable lector me pregunto: ¿quién está más cerca de la verdad?
¿La que oyó voces y cambió la historia?
¿El que leyó libros y cambió la literatura?
O —quizá— los tres pastorcillos que  vieron a la Virgen de Fátima.
Esa, la historia de la Virgen encima de una pequeña encina es, amigo lector, otra historia.