TRECE Y MARTES

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Sostiene Avenio que la mala suerte también tiene sus costumbres nacionales. En España prefiere el trece y martes; en Inglaterra, el trece y viernes. Hasta para temer una desgracia hay que tener en cuenta dónde está uno.

Hoy es trece y martes. Ni te cases ni te embarques, aconseja el refrán. Avenio, que ya está casado y no tiene barco, recibe la advertencia con cierta tranquilidad.

La superstición reúne a personas de toda condición. Uno puede ser universitario, dirigir una empresa o explicar el universo y, al derramar la sal, sentir que conviene tomar alguna precaución. Por si acaso. Esas tres palabras han protegido muchas tonterías.

Los ingleses temen al viernes. Nosotros, al martes. Parece una incoherencia suficiente para desconfiar del calendario.

Si el trece trajera desgracias, los ingleses y nosotros deberíamos temblar el mismo día.

Hubo quien ya pagó muy cara su confianza en los presagios. En el año 413 antes de Cristo, los atenienses necesitaban retirarse de Sicilia. Su expedición contra Siracusa iba mal y tenían preparada la salida por mar. Entonces se produjo un eclipse de luna.

Según cuenta Tucídides, el general Nicias, muy inclinado a estas creencias, se negó siquiera a discutir la partida hasta que transcurrieran los veintisiete días prescritos por los adivinos.

La demora dio tiempo al enemigo. Los de Siracusa cerraron la salida del puerto y la expedición ateniense acabó derrotada. La luna siguió su curso. Los atenienses perdieron el suyo.

Avenio piensa que aquello sí fue no embarcarse por superstición. Tampoco conviene presumir demasiado de sensatez. Nos reímos de Nicias desde una cómoda distancia de veinticuatro siglos y luego buscamos la camisa que llevábamos cuando salió bien aquella entrevista. Hay quien considera absurdo el trece y martes y sin embargo no permite que nadie le cambie el número de la lotería.

Avenio ha decidido salir a la calle como cualquier otro día. Si tropieza, procurará mirar dónde pone los pies antes de acusar al almanaque.

Al pasar junto a una escalera de mudanzas, se esfuerza en no dar un pequeño rodeo y pasa por debajo.

—No creo en las brujas… Haberlas, hailas.

Estimado lector. Esa es otra historia.