KALIKATRES DEMOCRÁTICO

4 minutos

EL VOTO DEL SAPIENTÍSIMO

Sostiene Avenio que la democracia tiene una particularidad que cuesta aceptar cuando uno acaba de escuchar una tontería o una burrada: el que la ha dicho dispone de un voto exactamente igual al nuestro.

Y eso, después de algunas tertulias, exige una considerable disciplina democrática.

Avenio recuerda a Kalikatres sapientísimo y se entretiene inventándole una consulta. No pretende recuperar una respuesta de aquellas páginas; a estas alturas, también los lectores tenemos derecho a conversar con nuestros personajes. Además, en tiempos de Kalikatres mandaba Franco. De democracia nada monada.

—Kalikatres sapientísimo, ¿qué es la democracia?

—Un sistema en el que tu voto vale lo mismo que el de ese señor al que llevas media hora intentando explicarle algo.

—¿Incluso si no lo entiende?

—Incluso si el que no lo entiende eres tú.

Esta última respuesta le fastidia un poco. Avenio había acudido al sabio en busca de confirmación, una costumbre bastante extendida entre quienes presumimos de hacer preguntas, a veces inoportunas.

Piensa entonces en Gabriel Rufián. Le reconoce agudeza, rapidez y bastante más sentido común que a muchos de los que lo escuchan indignados. Hay intervenciones suyas que producen el placer de encontrar, en medio de una discusión, a alguien capaz de señalar lo que otros rodean con veinte frases. Mira lo que le dijo a Junts: ustedes prefieren el dinero a las llaves de un piso.

Su voto, sin embargo, vale lo mismo que el de un votante de Vox.

Avenio contempla esa igualdad con la misma cara con la que recibiría una cuenta repartida a escote después de haber tomado un café mientras el vecino se comía un buen entrecot.

La comparación tiene un inconveniente: en unas elecciones nadie nos ha encargado repartir la cuenta según el talento.

Enseguida surge una pregunta. ¿Quién examinaría el sentido común de los ciudadanos?

Avenio podría ofrecerse. Tiene edad, experiencia y una opinión bastante favorable de su propio criterio. También tendría que aceptar que el tribunal lo presidiera aquel votante de Vox. Ahí comienza a perder entusiasmo por los exámenes.

El otro quizá lo considerase un ingenuo por escuchar a Rufián. Avenio lo consideraría un insensato por votar lo que vota. Los dos acudirían al colegio electoral convencidos de que el país necesita urgentemente librarse de las equivocaciones del contrario.

La urna les admitiría la papeleta sin preguntarles cuál de los dos había entendido mejor España.

Eso tiene su mérito.

Avenio ha conocido personas cultísimas con una admirable capacidad para equivocarse. También gente de pocas lecturas que sabía advertir una injusticia antes de que llegaran los especialistas a ponerle nombre. Él mismo ha cambiado de opinión suficientes veces como para desconfiar de un certificado definitivo de sensatez.

Seguirá prefiriendo unas voces a otras. Seguirá pensando que Rufián acierta en muchas cosas y que Kalikatres, en esta conversación imaginaria, le ha salido respondón.

Al llegar a la urna, tendrá que ponerse a la cola como todo el mundo.

—Kalikatres sapientísimo, ¿ni siquiera los sabios deberían tener dos votos?

—¿Y tú por qué lo preguntas?

Avenio dobla su papeleta. Con un voto tiene bastante. Saber qué hacer con él, amigo lector, ya es otra historia.