AVENIO ARISTOTÉLICO

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Avenio no exige que los candidatos sean filósofos además de buenos políticos. Le bastaría con que explicaran qué van a hacer, cómo piensan pagarlo y qué parte de sus promesas están dispuestos a cumplir.

Sostiene Avenio que una cosa es que todos queramos lo mismo y otra que debamos creer al señor que asegura traérnoslo. Todos queremos vivir mejor, tener una casa, encontrar un buen médico cuando hace falta y llegar a fin de mes sin recurrir a la filosofía. Hasta ahí, el acuerdo parece sencillo. La dificultad comienza cuando alguien anuncia que todo eso depende de que le votemos.

Avenio anda buscando un programa electoral y tiene la impresión de que algunos cabrían en una locución latina: per fas et nefas, por lo lícito o por lo ilícito. Lo que haga falta para alcanzar el objetivo.

Al PP se le adivinan esas maneras. Al PSOE tampoco le faltan. Cada cual considera que lo suyo es salvar España y que el otro quiere aprovecharse de ella.

¡Ay, Ayuso! ¡Ay, Sánchez!

Avenio teme una campaña demasiado bronca. El adversario deja de ser alguien con quien se discrepa y se convierte en alguien a quien conviene desacreditar antes de que abra la boca. Así uno se ahorra el trabajo de escuchar lo que dice.

Para descansar de tanta actualidad, Avenio acude a Aristóteles. Tiene la ventaja de llevar muchos siglos sin presentarse a las elecciones. En sus Tópicos, el filósofo explica cómo razonar a partir de opiniones admitidas por todos, por la mayoría o por quienes gozan de prestigio. Son puntos de partida para discutir, no certificados de la verdad.

Una opinión respetada también puede estar equivocada. Y unas premisas dudosas pueden sostener un razonamiento impecable que nos lleve al lugar equivocado. Avenio encuentra ahí una precaución saludable.

—Todos queremos una sanidad mejor.

—Desde luego.

—Por tanto, debe usted votarme.

—Espere. Entre una cosa y otra falta algo. Ese algo suele ocupar muchas páginas de un programa. En un mitin se resuelve con un aplauso.

Schopenhauer conocía otra tentación: discutir para ganar. En su Dialéctica erística reunió treinta y ocho estratagemas para salir vencedor de una disputa, se tenga razón o se carezca de ella.

Exagerar lo que ha dicho el contrario, irritarlo, cambiar de asunto o atacar a la persona cuando el argumento se resiste. Avenio reconoce esos procedimientos. Los ha visto en tertulias donde nadie parecía haber leído a Schopenhauer.

Llegados aquí, se pregunta:

—¿Y Maquiavelo?

Maquiavelo desplaza la conversación hacia el poder: cómo se obtiene, cómo se conserva y qué hace el gobernante cuando la moral estorba a sus propósitos. En El Príncipe examina cuándo incumplir una promesa y cuánto ayuda parecer virtuoso.

Avenio empieza a sospechar que ha reunido una tertulia bastante completa: Aristóteles para examinar el razonamiento, Schopenhauer para descubrir las trampas y Maquiavelo para preguntar quién se queda con el sillón del príncipe.

Los tres juntos podrían prestar un buen servicio al elector.

La prudencia empieza cuando el elector deja de escuchar solo lo que desea oír y pregunta cuánto costará, quién lo hará y qué ocurrirá si sale mal.

Después decidirá a quién vota. No elegirá al que prometa salvarlo, sino al que acepte ser examinado antes de recibir su confianza. Votar no consiste en entregar un cheque en blanco, sino en conceder un poder que conviene vigilar desde el primer día.

Por eso, cuando alguien anuncia que viene a salvarlo, Avenio no aplaude: revisa la letra pequeña y recuerda que ningún salvador debería necesitar tanta propaganda.

Es su modesta contribución a la filosofía práctica: esperanza, sí; credulidad, amigo lector, es otra historia.