Èmile Zola

2’ 30 “
Sostiene Avenio que la frase de Zola —«prefiero morir de pasión que de aburrimiento»— debía de entenderse muy bien a los cuarenta y tres años, cuando la pronunció Octave Mouret, un personaje de Au Bonheur des Dames.


Van Gogh la rescató después en una carta a su hermano Theo. A esa edad uno aún puede confundir la pasión con una obligación.
A los ochenta, la frase empieza a pesar un poco más.
En la terraza de Los Calderos de Julia, el atardecer se adelanta. Ya sólo somos tres. Los demás tertulianos se “han marchado a pasar el otoño a sus ciudades correspondientes”. Esa expresión tan administrativa que usamos los jubilados para decir que se acabó el verano.
La tertulia también ha cambiado. Cuando éramos muchos; si alguien soltaba un disparate propio de su ideología, uno podía hacerse el longui, mirar hacia la playa o pedir otra ronda. Con tres tertulianos, no hay escapatoria. El disparate llega a la mesa y hay que escucharlo entero, con sus antecedentes, sus consecuencias y la convicción de quien lo pronuncia.
Avenio ha aprendido que, a partir del segundo whisky, conviene no sacar a la palestra ciertos asuntos. No porque falten argumentos, sino porque son los mismos de siempre. La discusión da vueltas, cada cual vuelve a su trinchera y uno descubre que ya no reivindica algunos conceptos cívicos con la energía de antes.
Entonces llega la revelación: no es que el otro haya ganado. Es que uno está mayor.
Y, sin embargo, a Avenio le gustaría encontrar algo que mereciera la pena fuera de su entorno familiar. Una idea capaz de levantarlo de la silla, obligarlo a defenderla con decencia y hacerle olvidar por un rato que mañana tiene que volver a tomar su medicación.
¿Te imaginas, estimado lector, viéndote luchar a brazo partido por una idea?..
Yo no.
Luchar por una idea, amigo lector, es, otra historia.