Democracia vs codicia
Tiempo de lectura 5′ 30″Podría decirse que la democracia nació en Atenas, se hizo adulta en Inglaterra y cruzó el océano para instalarse en Estados Unidos, aunque ninguna de ellas es exactamente la misma democracia que conocieron los ciudadanos de Pericles.La relación entre la Codicia y la Democracia fue un tema que preocupó ya a los pensadores de la antigua Grecia, especialmente a Pericles, Platón y Aristóteles.
En una democracia, la codicia puede manifestarse de varias maneras:
Compra de votos o favores políticos: cuando individuos o grupos económicos utilizan su riqueza para influir en las decisiones públicas.
Corrupción: funcionarios que anteponen su beneficio personal al interés común.
Populismo económico: promesas destinadas a ganar apoyo inmediato aunque perjudiquen la estabilidad futura.
Captura del Estado: cuando las élites económicas logran que las instituciones trabajen principalmente para sus intereses. Aristóteles observó que tanto los ricos como los pobres podían gobernar movidos por intereses particulares en lugar del bien común. Para él, la mejor Constitución era aquella que evitaba los excesos de riqueza y pobreza, fortaleciendo una amplia clase media.

Por otro lado, la democracia también posee mecanismos para limitar la codicia:
Elecciones periódicas.
Separación de poderes.
Transparencia y rendición de cuentas.
Libertad de prensa.
Participación ciudadana.
La paradoja es que la democracia necesita cierta prosperidad económica para funcionar bien, pero si la acumulación de riqueza se concentra demasiado, puede terminar debilitando la igualdad política sobre la que se sustenta.
Como escribió Tucídides al describir la Atenas de Pericles, «la grandeza de una democracia depende de que los ciudadanos antepongan el interés público al beneficio privado. Cuando la codicia domina la vida política, la democracia corre el riesgo de transformarse en una competencia por privilegios más que en un gobierno para el bien común».La sombra de la codicia.La democracia española es todavía joven. Ha recorrido un corto camino desde los años oscuros, y sigue creciendo, aprendiendo a caminar sobre sus propias piernas. Como un árbol recién plantado, necesita tiempo, cuidados y raíces que profundicen para resistir las tormentas. Estamos en la prehistoria de nuestra democracia—La democracia es fuerte —dijo alguien un poco ingenuo.—Pero no invencible —respondió un tal Galván—¿Qué puede derrotarla?—La codicia.Los corruptos pueden ser juzgados… Y dale…Un gerifalte de la UGT sostuvo: «a nuestra democracia le falta todavía mucho anís pá regoldar»Los demás guardaron silencio. Las palabras quedaron suspendidas en el aire…—No hablo solamente del dinero —continuó Galván—. Hablo del deseo de obtener ventajas a costa de los demás. Hablo del político que utiliza su cargo para enriquecerse. Del empresario que compra favores. Del funcionario que olvida que sirve al ciudadano. Y también del ciudadano que justifica la corrupción cuando beneficia a los suyos. El viejo profesor prosiguió —. Sin justicia, la democracia enferma. Sin embargo, depurar la corrupción lleva tiempo. Las leyes deben actuar, los jueces investigar y la sociedad vigilar. No basta con castigar a unos pocos culpables; hay que fortalecer las instituciones para que los abusos no vuelvan a repetirse.El sol comenzaba a ponerse en su cotidiano crepúsculo de rojos y violetas.—¿Y cree usted que la codicia puede acabar con nuestra democracia?El anciano reflexionó unos segundos.—Puede debilitarla mucho. Puede hacer que la gente pierda la confianza. Puede sembrar el desencanto y la resignación. Cuando los ciudadanos llegan a pensar que todos son iguales y que nada merece la pena, la democracia empieza a vaciarse por dentro.Los presentes escuchaban con atención.

—También hay algo que la codicia no puede comprar fácilmente —añadió—: la conciencia de un pueblo libre.Se hizo un breve silencio.—Mientras existan periodistas que investiguen, jueces que actúen con independencia, funcionarios honestos y ciudadanos dispuestos a exigir responsabilidades, la democracia tendrá defensores. No perfectos, pero suficientes para mantener viva la esperanza.La plaza se iluminó con las primeras farolas.—Entonces, ¿queda mucho por hacer?El profesor sonrió.—Siempre queda mucho por hacer… no es una obra terminada. Cada generación recibe un edificio inacabado y tiene la obligación de dejarlo mejor de como lo encontró.La democracia no es únicamente un sistema político. Es una responsabilidad compartida.Esa es, estimada lectora, otra historia.