LOS CALIFAS

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Sostiene Avenio que la unidad de la izquierda sería bastante más sencilla si no hubiera que decidir quién sale primero en la foto.

En el programa electoral pueden entenderse. En el encuadre empiezan las dificultades.

Avenio observa a Gabriel Rufián y comprende su empeño en reunir a esa izquierda de la izquierda que, a fuerza de distinguirse de sus vecinos, corre el riesgo de quedarse sin vecindario. No comparte necesariamente todo lo que dice. Le reconoce algo que empieza a resultar valioso: se le entiende.

Y cuando alguien consigue hacerse escuchar fuera de su parroquia, convendría prestarle atención.

A su lado suele aparecer Meritxell Barrionuevo, su jefa de prensa, con una elegancia que a Avenio le recuerda a Audrey Hepburn. Se los imagina en el restaurante de las Cortes repasando las respuestas que tendrán que dar a los distintos aspirantes a encabezar esa unidad que todavía no consiguen organizar.

La conversación se la inventa Avenio. Bastante tenemos con las verdaderas.

—Este quiere que vayamos todos juntos —dice ella.

—Estupendo.

—Con él delante.

—¿Y el siguiente?

—También quiere que vayamos todos juntos. Con el anterior detrás.

Rufián mira los papeles. Hay varias propuestas de unidad y ninguna parece admitir un segundo puesto.

Todos quieren ser el califa en lugar del califa. Eso sí, con Rufián cerca, que atrae miradas y puede ayudar a llenar el salón. Una cosa es reconocerle el tirón y otra dejarle la cabecera de la mesa.

Avenio conoce esas reuniones. Fue militante. Siempre había alguien muy dispuesto a sacrificarse aceptando la secretaría general. Después ha encontrado vocaciones semejantes en las comunidades de propietarios y en alguna comisión cultural.

La prensa finamente lo llama «cuestión de egos». La expresión permite hablar de vanidad sin que nadie se dé directamente por aludido. El ego, como el mal aliento, suele ser una molestia que detectamos en los demás.

Avenio procura no repartir certificados de generosidad ni de egoísmo. Eso habrá que verlo cuando toque ceder. Le interesa algo más sencillo: saber si quienes coinciden en tantas cosas serán capaces de hacer alguna juntos.

Porque, mientras se discute quién representa mejor al ciudadano, el ciudadano sigue esperando que alguien lo represente. Tiene un alquiler, una nómina que no alcanza o una cita médica que tarda meses. No parece que el orden de los apellidos en una papeleta vaya a aliviarle demasiado.

Avenio tampoco exige que se quieran. A estas alturas se conformaría con que trabajasen juntos sin necesitar una ovación individual al terminar cada reunión.

Queda muy poco para dejar de hacer el imbécil.

Y sería una lástima que, cuando por fin se pusieran de acuerdo sobre quién debe ser el califa, ya no quedara califato.

Esa, estimado votante, es otra historia.