SAN AGUSTÍN TENÍA TIEMPO

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A Pedro Agustin

Sostiene Avenio que lo verdaderamente misterioso de San Agustín no es que llegara a santo, sino que tuviera tiempo para leer tanto.

Nació en Tagaste, en el norte de África, el año 354. Siglo IV, que se dice pronto. No había imprentas, Amazon tardaría todavía dieciséis siglos en repartir libros y cada ejemplar tenía que ser copiado a mano. Sin embargo, Agustín leyó a los clásicos, estudió filosofía, ejerció de profesor de Retórica, discutió con medio mundo y todavía encontró tiempo para escribir una cantidad de obras que desanimaría a cualquier escritor contemporáneo.

Entre ellas, las Confesiones.

El título siempre ha inquietado un poco a Avenio.

Lo de confesar los pecados no le mola demasiado. Por mucho que el cura asegure que no se lo contará a nadie, uno sale aliviado del confesionario, pero el cura se queda dentro empapado de nuestras debilidades.

Las Confesiones, sin embargo, son mucho más que eso. Agustín habla de sus errores, alaba a Dios y acaba metiéndose en uno de esos asuntos de los que la humanidad lleva siglos intentando salir: el tiempo.

Y ahí Avenio empieza a prestarle atención.

San Agustín escribió una de las frases más inteligentes que se han dicho sobre el asunto. Viene a decir: «si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé; y si alguien me lo pregunta y tengo que explicarlo, ya no lo sé».

Han pasado más de mil quinientos años y seguimos aproximadamente igual.

El pasado ya no existe. El futuro todavía no existe. Y el presente, en cuanto intentamos agarrarlo, acaba de convertirse en pasado.

Entonces, ¿dónde está el tiempo?

Agustín sospechó que estaba dentro de nosotros.

El pasado vive en la memoria; el presente, en la atención; y el futuro, en la expectativa. El reloj mide horas, pero nosotros medimos la vida de otra manera.

Quizá por eso, cinco minutos esperando a alguien pueden resultar eternos y cinco minutos junto a alguien que queremos duran un suspiro.

San Agustín murió el 28 de agosto del año 430, a los setenta y cinco años. Hoy, día de su onomástica y aniversario de su muerte, Avenio trae a colación sus Confesiones, porque aquel hombre del siglo IV continúa dignificando una palabra que seguimos sin comprender del todo: Tiempo.

Mi amigo Pedro Agustín seguramente podría explicarlo mucho mejor en Los Calderos de Julia con un whisky vespertino. Quizá llegáramos a una de Groucho Marx todavía más agustiniana:

—Pedro, ¿qué hora es?

—¿Y qué más da?

Esa es, improbable lector, otra historia.

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