La picaresca, toujours la picaresca
De ciertos tratos observados en la Ciudad de los Mil Sellos

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Sucedía en la Ciudad de los Mil Sellos —llamada así porque ningún acto alcanzaba existencia jurídica sin la concurrencia de tres rúbricas, y ninguna rúbrica descendía sobre el papel sin el previo ejercicio de cuatro complacencias—. Allí habitaba un Enmucetado de estimable apariencia exterior y de difícil averiguación interior, don Lámbano de la Cuenta. Declaraba el referido Enmucetado, con frecuencia y gravedad, que todos sus desvelos se ordenaban al Bien Común. Y no faltaba exactitud en sus palabras, pues el bien era efectivamente común entre él, sus allegados y cuantos participaban de su mesa, de sus negocios o de su sombra. Cada mañana recorría los corredores del Gran Hospital General de San Juan de Dios, institución venerable donde la enfermedad servía de justificación a innumerables diligencias administrativas. Acompañábanle escribanos, mercaderes, consejeros y otros sujetos pertenecientes a las especies intermedias del Mandarinato. Saludábanse unos a otros con inclinaciones tan pronunciadas que el observador inexperto habría supuesto que buscaban en las baldosas alguna moneda extraviada por la Providencia. Entre todos destacaba Celestina la Menor, doncella según la letra y medianera según el espíritu; persona dotada de aquella inteligencia que permite aproximar voluntades separadas por grandes distancias geográficas o por escrúpulos todavía mayores. Si un mercader deseaba enajenar lo que nadie precisaba, ella encontraba necesidad donde antes sólo había indiferencia. Si un funcionario requería explicación para lo inexplicable, ella descubría documentos capaces de conferir apariencia de razón a la sinrazón. Interrogada acerca de sus ocupaciones, respondía: —No trafico con objetos. Facilito encuentros entre oportunidades–. Y era verdad, si por oportunidad se entendía aquella mercancía invisible que pasa de mano en mano sin dejar huella, aunque dejando beneficio. Aconteció entonces que llegó a la Ciudad un sujeto llamado don Francisco de Quejeda —o Quevedo, pues la identidad nominal suele sufrir alteraciones semejantes a las padecidas por Alonso Quijano—, hombre inclinado a la observación y poseedor de una lengua poco compatible con la tranquilidad de los poderosos.
Observó el recién llegado determinados movimientos de cajas, blísteres, registros y certificaciones. Tomó notas. Comparó entradas con salidas. Examinó inventarios. Y al cabo de algunos días formuló para sí la siguiente consideración: —Extraña transmutación se practica aquí. Ciertas cosas envejecidas rejuvenecen con sólo modificar su denominación. Prosiguió sus pesquisas y descubrió que determinados bienes recorrían itinerarios de singular complejidad. Lo introducido por una puerta reaparecía por otra con precio distinto, nombre distinto y mérito distinto. Los libros afirmaban una cosa; los almacenes, otra. Las cifras proclamaban una verdad durante el día y una diferente al caer la tarde. Cuando comunicó tales observaciones, los beneficiarios del sistema experimentaron una alegría casi unánime. —Es poeta —decían—. Confunde los guarismos con fantasmas. En fin, respondió el observador: -Los números son fantasmas especialmente peligrosos porque pocos conocen el arte de interrogarlos-. Difundióse entonces cierta inquietud entre los habitantes de la Ciudad. Los vecinos comenzaron a formular preguntas. Los escribanos descubrieron repentinamente las incomodidades de la transpiración. Los mercaderes revisaron cuentas antiguas a la luz de las velas. Y Celestina la Menor y virgen comprendió una verdad que sólo los expertos en mediaciones suelen comprender: el riesgo no residía en la práctica, sino en la iluminación. Reunió por ello a sus afines y les instruyó de esta manera: -Mientras los ciudadanos contemplen los hechos, nos hallamos expuestos. Procurad que contemplen los reflejos-. Y durante no pocas semanas se discutió acerca de enemistades, agravios, rumores, intenciones ocultas y otras materias auxiliares del olvido. Los hechos, entretanto, permanecieron inmóviles, con esa obstinación mineral que caracteriza a ciertos documentos. Finalmente, un anciano cuya posición en el escalafón administrativo era tan modesta como sólida su experiencia emitió el siguiente juicio: -La picaresca no comienza cuando uno roba. Comienza cuando muchos consideran razonable que robe quien dispone de ocasión para hacerlo-. Ninguno de los presentes halló respuesta satisfactoria. Y se dice que don Francisco cerró entonces su cuaderno con una sonrisa de naturaleza incierta, pues había llegado al conocimiento de una ley constante de las sociedades mandarinescas: los siglos alteran los vestidos, las monedas, los formularios y las fórmulas; pero la codicia conserva, con admirable fidelidad, la misma caligrafía.
Lo concerniente a las joyas, estimadísima lectora, pertenece a otra historia o tratado.
P. D. Con el atrevimiento propio de quien sabe imposible la empresa, he pedido ayuda a ChatGPT para aproximar este relato a ciertas maneras de decir y observar que Miguel Espinosa desplegó en Escuela de mandarines. Si el lector encuentra algún eco reconocible, atribúyalo al maestro; los desaciertos, naturalmente, corresponden al discípulo.
