LOS PRIMOS

A mis primas Pili del Bea y Asun, mi ahijada

3 minutos

Sostiene Avenio que la familia te la dan hecha y los amigos hay que ir haciéndolos. A veces, por una de esas casualidades que mejoran la vida, ambas cosas coinciden.

Tengo tres primos que sirven para demostrarlo.

Fernando Bea vive en Granada. Geólogo, catedrático y miembro de las academias de Ciencias de España y de Rusia, es hombre acostumbrado a estudiar rocas que llevan millones de años esperando pacientemente a que alguien les pregunte de dónde vienen. Con Fernando mantengo una buena relación. Nos une la familia, es primo de mi esposa, y algo más importante: las ganas de seguir viéndonos de vez en cuando.

Pinki vive poco en Albacete. Es un Cittadino del mondo. Catedrático de Francés, hombre de letras, conversación y memoria compartida. Con él tampoco hace falta recurrir al árbol genealógico para justificar el afecto. Si no fuéramos primos, probablemente seríamos amigos.

Y después está Jose.

Jose vive en Cieza. Cerca del puente de alambre.

Podría vivir en Montana, en una isla de las Hébridas o detrás de una montaña del Tíbet y el resultado sería aproximadamente el mismo. Siempre estará a mil millas de todo lugar habitado. No sé siquiera si tiene teléfono móvil. Intentar contactar con él requiere más imaginación que tecnología.

José pinta. Y pinta bien, especialmente acuarelas de tamaño mediano, tirando a pequeño. Tal vez eso explique algo. La acuarela necesita agua, pigmento, papel y silencio. Sobre todo silencio. José parece haber añadido un quinto elemento: distancia.

No tengo mala relación con él. Para tener una mala relación hace falta, al menos, tener relación.

Y ahí aparece una de esas pequeñas confusiones familiares que aceptamos sin pensar. Decimos «mi primo» como si la palabra incluyera cariño, confianza, conversación y recuerdos compartidos. Incluso cuando decimos «hola, primo» parece que hubiera más cercanía.

La amistad es otra cosa.

Un amigo llama. O contesta. Se acuerda de tí y permite que tú te acuerdes de él. Puedes pasar mucho tiempo sin verlo y, cuando reaparece, la conversación continúa aproximadamente donde quedó. La amistad admite kilómetros y silencios. Lo que lleva peor es la indiferencia.

Fernando es mi primo y mi amigo. Pinki es mi primo y mi amigo.

Jose es mi primo y punto.

Quizá algún día consiga localizarlo. Le preguntaré primero si tiene móvil y después por sus acuarelas. No pienso reprocharle nada. Cada cual tiene derecho a vivir a la distancia que considere conveniente del resto de la humanidad. Incluso viviendo en Cieza.

Sostiene Avenio que la sangre basta para hacer primos. Para hacer amigos hace falta algo más. Y esa, estimado lector, es otra historia.