LOS REGRESORES

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Sostiene Avenio que las democracias no siempre mueren de repente. Algunas se deterioran poco a poco, con todos los papeles en regla.

Susan C. Stokes ha estudiado cómo determinados dirigentes, elegidos democráticamente, pueden debilitar desde el poder las instituciones y los controles que limitan su autoridad. Los llama regresores. No necesitan tanques en la calle ni militares entrando en el Parlamento. Les basta con conservar suficiente apoyo ciudadano mientras erosionan las reglas que podrían detenerlos.

Eso es la regresión democrática en sentido estricto.

Existe otra, menos académica, que interesa a Avenio: la que comienza cuando las instituciones siguen funcionando y el ciudadano empieza a preguntarse para qué funcionan.

La primera imagen es Maricarmen Abascal, 87 años, desalojada de la vivienda madrileña en la que vivía desde 1956. Los tribunales dieron la razón al propietario. Naciones Unidas había solicitado que se evitara el desalojo sin una alternativa habitacional adecuada.

Llegó la comisión judicial.

La ley siguió su camino. Inexorable e ineficaz.

Maricarmen salió de su casa en una camilla.

Maricarmen se queda en la puta calle y desvalida.

La segunda imagen está en Ceuta.

Allí permanecen menores migrantes no acompañados cuya protección corresponde a distintas administraciones. Existe un mecanismo legal para trasladarlos a otras comunidades cuando un territorio soporta una situación extraordinaria. Hay traslados, identificaciones, competencias, recursos y discusiones sobre quién debe hacerse cargo de cada cual.

La ley sigue su camino.

Quizá demasiado despacio para quien está esperando.

Maricarmen y los menores de Ceuta no son casos iguales. Tampoco son, por sí mismos, ejemplos de lo que Susan C. Stokes llama regresión democrática. Pero en ambos casos aparece la misma grieta: la legalidad ofrece una respuesta reconocible sobre el papel y deja una injusticia perfectamente visible en la realidad.

Ahí está la conexión con la regresión democrática. Una democracia no se debilita solo cuando un gobernante ataca abiertamente las reglas. También cuando las reglas siguen vigentes y dejan de proteger a los más desprotegidos. Cuando la legalidad se convierte en una coartada para no hacer justicia y la protección efectiva queda fuera del expediente.

Hay leyes, resoluciones, competencias y procedimientos. El problema comienza cuando todos funcionan por separado y nadie responde del resultado conjunto. La injusticia no desaparece porque el expediente esté completo. Solo se reparte entre oficinas hasta volverse casi invisible.

Y ahí aparece la regresión cotidiana: en la normalización de esa distancia. Cuando la indefensión se explica como consecuencia inevitable de un procedimiento correcto. Cuando confundimos que algo sea legal con que sea justo, y aceptamos que la institución ha cumplido aunque la persona haya quedado abandonada.

Una democracia puede conservar sus formas y perder su finalidad. Puede mantener los procedimientos y vaciar de contenido la promesa que los justifica: que la ley no solo ordena, sino que protege; que la justicia no solo se pronuncia, sino que llega; que las instituciones no solo tramitan, sino que responden.

En los dos casos hay más que un tufo a regresión.

Lo del gas pimienta es, amigo lector, otra historia.