AVENIO NO TIENE NADA QUE DECIR

3 minutos
A Juan Luis de Pura
Sostiene Avenio que para escribir hace falta tener algo que decir. Últimamente empieza a sospechar lo contrario: para escribir necesita que el mundo se calle un rato.
Se sienta delante del ordenador dispuesto a contar cualquier cosa. Un paraguas olvidado en un Café. El señor que pasea todas las mañanas con un perro que parece pasearlo a él. Por qué los camareros dicen «perfecto» cuando uno pide simplemente un carajillo de Jameson.
Cualquier insignificancia.
Antes abre los periódicos enviados al WhatsApp por Ginés.
Grave error.
A los diez minutos ya debería escribir sobre una guerra, tres políticos, un desahucio, unos inmigrantes y el porvenir de Occidente. Sin olvidar a Gaza ni a Ucrania.
Cierra los periódicos.
También cierra el ordenador.
No es que Avenio no tenga nada que decir. Tiene demasiado. Y empieza a descubrir que el exceso de realidad produce unos efectos parecidos a la falta de imaginación.
Busca consuelo entre los grandes. 
Kafka lo tranquiliza. En sus diarios dejó constancia más de una vez de su incapacidad para escribir. Un hombre capaz de convertir a Gregor Samsa en un insecto podía quedarse mirando una página en blanco sin saber qué hacer con ella. Avenio encuentra cierto alivio. Las desgracias compartidas, incluso con Kafka, parecen menos desgracias.
Y llega Albert Camus.
En Jonás o el artista trabajando cuenta la historia de un pintor que acaba apartándose de todo para intentar recuperar aquello que le permitía crear. Camus conocía bien el problema: cómo seguir siendo artista cuando el mundo reclama continuamente nuestra atención.
Avenio piensa que quizá debería hacer lo mismo.
No encuentra dónde.
En casa lo encontrarían. En Cabo de Palos también. Y esconderse en Sierra Espuña para escribir un relato de tres minutos le parece excesivo.
Así que decide una solución más sencilla: no escribir.
Sale a tomar un café.
En la mesa de al lado hay dos hombres mayores. Cuando llega la cuenta, uno levanta la mano.
—Pago yo.
—Ni hablar.
—He dicho que pago yo.
—La última vez también pagaste tú.
Comienza entonces una discusión de una intensidad que Avenio creía reservada al Congreso de los Diputados. Uno intenta entregar el dinero al camarero. El otro lo intercepta. El primero saca una tarjeta. El segundo protesta. El camarero contempla la escena con esa paciencia adquirida después de años tratando con seres humanos.
Finalmente, uno consigue pagar a traición.
El otro se enfada.
De verdad.
La cuenta asciende a cuatro euros.
Avenio regresa a casa.
Enciende el ordenador.
Kafka puede descansar. Camus también.
Sostiene Avenio que quizá los escritores no necesiten apartarse del mundo. Basta con apartarse de vez en cuando de las cosas que el mundo considera importantes.
Hoy no escribirá sobre guerras, políticos, desahucios, ni sobre el porvenir de Occidente.
Tiene algo mucho más urgente que contar:
por qué dos amigos de setenta y tantos años estuvieron a punto de romper una amistad por cuatro euros.
Y empieza a escribir. Esa, amigo lector, es otra historia.