¡NO ES ESTO, NO ES ESTO!

3 minutos
Sostiene Avenio que no debería hablar de las diversas opciones políticas de nuestro país. Le falta información. Sospecha que a algunos de los que hablan a diario también les falta, circunstancia que les permite expresarse con una seguridad que él envidia.
Avenio duda. A estas alturas considera la duda una forma de higiene.
Lo que observa no le anima demasiado. Dentro de los partidos hay corrientes, sensibilidades y familias. Desde fuera resulta difícil distinguir si discrepan sobre el porvenir del país o sobre quién va a administrarlo desde el despacho de la administración.
En la izquierda de la izquierda, la precisión llega a ser admirable. Todos parecen saber exactamente en qué se diferencian del compañero. Al ciudadano le cuesta algo más averiguar qué podrían hacer juntos.

Avenio había entendido que unirse consistía en acercar posiciones. Por lo visto, también exige calcular cuántos puestos le corresponden a cada uno por haberse acercado.
A la derecha tampoco encuentra un liderazgo que le inspire especial confianza. Escucha afirmaciones rotundas, reproches conocidos y soluciones que parecen facilísimas mientras las tenga que aplicar otro. Echa de menos a alguien capaz de explicar una dificultad sin convertirla inmediatamente en una acusación.
Quizá Avenio pide demasiado. O quizá se ha acostumbrado a que le ofrezcan demasiado poco.
No busca un salvador. A su edad, los salvadores le producen cierta inquietud. Le bastaría una persona competente, con un equipo razonable, que supiera escuchar y pudiera reconocer un error sin que hubiera que convocar una rueda de prensa para demostrar que el error era nuestro.
Cuando lleguen las listas, teme que le suceda lo que en algunos restaurantes: recorrerá la carta varias veces y acabará preguntando qué le recomiendan. Porque una cosa es tener derecho a elegir y otra encontrar algo que a uno le apetezca defender al día siguiente.

Los de Vox, piensa Avenio, parecen llevar resuelta esa parte. Al menos los más recalcitrantes. Tienen claras sus preferencias y todavía más claros sus rechazos. Él no consigue semejante firmeza incluso cuando cree tener razón; recuerda alguna ocasión en que estuvo segurísimo y acabó haciendo el ridículo. Es una memoria poco útil para militar con entusiasmo.

Su dificultad está en ese espacio incómodo entre conservar unas convicciones y no reconocerse del todo en quienes solicitan representarlas. Uno puede seguir creyendo en la igualdad, en la convivencia y en los servicios públicos sin sentir la menor obligación de aplaudir cada ocurrencia de los teóricamente suyos.
Los suyos. Ahí empieza otro problema.
¿Son los que piensan como uno o aquellos a quienes hay que dar la razón para seguir perteneciendo?
Avenio irá a votar. Antes revisará lo que proponen, lo que han hecho y lo que pretenden que olvidemos. No espera enamorarse de una candidatura. Quisiera poder elegirla sin tener que pasar después cuatro años disculpándola.
Entretanto, escucha otra declaración, baja el volumen y se le escapa:

—¡No es esto, no es esto! A la antigua manera de Ortega y Gasset.
Lo dice sin levantar mucho la voz.
Todavía está dispuesto a que alguien se lo explique. Esa, estimado votante, es otra historia.