ADMIRACIÓN POR KIKO

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Sostiene Avenio que uno puede admirar a alguien durante muchos años sin haberse dado cuenta del todo. Con Kiko Veneno me ha pasado algo parecido.

Ha mucho tiempo supe que el autor de Volando voy, (1978). Aquella canción que Camarón convirtió en algo que parecía haber nacido con él, era de Kiko Veneno. Camarón ya era Camarón. Eso significa que podía apropiarse de una canción sin quitársela a nadie. La cantaba y parecía que la hubiera encontrado siglos atrás en algún camino de Andalucía. Volando voy, volando vengo. No hace falta mucho más. Italo Calvino habría hablado de levedad. En Seis propuestas para el próximo milenio defendió precisamente eso: quitar peso; al lenguaje, al relato, incluso al mundo cuando el mundo se pone demasiado pesado. Kiko lo había resuelto en cuatro palabras. También está la rapidez. Volar, venir, ir por el camino. No detenerse más de lo necesario. Las buenas canciones, como los buenos relatos, saben cuándo tienen que terminar. Con el tiempo fui descubriendo que Kiko estaba en más sitios de los que yo creía. También anduvo por La bola de cristal, aquel extraño y magnífico programa infantil de TVE en el que alguien debió de cometer el maravilloso error de reunir a gente con talento y dejarlos trabajar. Allí Kiko no fue solamente compositor.

También fue Frankenstein. No sé si este detalle mejora su currículum, pero desde luego lo hace bastante más interesante. Muchos años después vuelve a aparecer junto a C. Tangana

en Los tontos: «Tú te has creí’o que por ser yo bueno puedes ir pisando por donde friego». Dice que pisa por donde uno acaba de fregar. Y todos vemos el suelo mojado. Después llega: «hasta los tontos tenemos tope». No sé cuántos tratados sobre la dignidad personal podrían resumirse mejor. Y todavía queda: «Esta vez voy a acertar aunque sea de rebote». Ahí aparece esa peculiar sabiduría de Kiko: no ponerse demasiado estupendo ni siquiera cuando uno decide rebelarse. Porque Kiko parece saber que la solemnidad es una enfermedad peligrosa para las canciones. Camarón y muchos jóvenes músicos que llegan varias generaciones después, descubren que Kiko ya estaba allí. Quizá por eso me gusta. Porque sus canciones parecen ligeras, pero no son simples. Consiste en haber pensado mucho para conseguir que parezca fácil. Como Volando voy. Como ese hombre bueno que descubre que hasta los tontos tienen tope. Avenio sospecha que tampoco importa demasiado. Kiko Veneno lleva casi medio siglo demostrando que una canción puede ser ligera, rápida, exacta, visible, múltiple y, además, durar. Que quizá sea la mejor definición de consistencia y talento.

C. Tangana, estimado lector, es otra historia.

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