Tamouré, WHITMAN Y LA MALA EDUCACIÓN DE UMBRAL

4 minutos

Sostiene Avenio que Walt Whitman no contemplaba los paisajes: se mezclaba con ellos.

En sus poemas,

la hierba, los caminos, los cuerpos y los árboles respiran como si formaran parte de una misma criatura. El paisaje deja de ser el fondo donde sucede la vida, y se convierte en la vida misma. Quizá por eso Whitman podía descubrir la inmensidad del mundo en una brizna de hierba.

Francisco Umbral también sabía mirar, siempre muy de cerca, debido a su miopía magna.
No necesitaba las grandes praderas americanas. Le bastaban las corralas de Madrid, con sus balcones, sus ventanas abiertas y la fuente central del patio. Conocía lo que sucedía detrás de las puertas o debajo de las sábanas durante las primeras siestas del verano, cuando los adolescentes se escondían en el patio con una guitarra mientras los mayores fingían dormir.
De esa intimidad nació Tamouré.
El cuento llegó al Premio Gabriel Miró, cuyo jurado presidía mi padre. Se presentaban tantos originales que, en la primera ronda, era necesario repartirlos entre los miembros del jurado. Cada uno leía una parte y seleccionaba los que consideraba mejores.
El procedimiento tenía una dificultad evidente: cuando quedaban los pocos cuentos finalistas, la mayoría de los miembros del jurado no había leído todos los relatos seleccionados por sus compañeros.
Había que defenderlos.
Y mi padre defendió Tamouré.
Lo defendió con entusiasmo, explicando sus méritos y procurando que los demás comprendieran la calidad de aquel cuento sobre los adolescentes, la guitarra, la fuente y las siestas estivales de una corrala madrileña.
No debió de hacerlo mal, porque Tamouré terminó obteniendo el primer premio.
Pasado algún tiempo, mi padre coincidió con Francisco Umbral en la barra del Hotel Hispano. Se acercó a él y le contó las peripecias por las que había pasado su cuento: las sucesivas lecturas, las deliberaciones del jurado y el empeño que él había puesto en defenderlo hasta conseguir que resultara premiado.
Mi padre no esperaba a una estatua.
Probablemente le habría bastado con una sonrisa, un apretón de manos o cualquiera de esas breves cortesías con las que los seres humanos reconocemos que alguien ha hecho algo bueno por nosotros.
Umbral lo escuchó.
Después se apartó sin decir nada.
Ni una palabra de agradecimiento. Ni siquiera una despedida. Se alejó como si mi padre no existiera.
No sé cuál sería la razón. Tal vez Umbral estaba distraído. Tal vez ejercía de su mal carácter. Tal vez pensaba que agradecer un favor perjudicaba la imagen de escritor maldito que se había construido cuidadosamente.
Avenio prefiere no hacer diagnósticos retrospectivos.
Solo sabe que un hombre puede describir con extraordinaria sensibilidad la intimidad de una corrala y, al mismo tiempo, ser incapaz de advertir la presencia del hombre que tiene delante.
Whitman encontraba un alma en cada brizna de hierba.
Umbral encontró todo un mundo alrededor de una fuente madrileña, pero aquel día no encontró dos palabras bastante sencillas:
—Muchas gracias.
El talento, como puede verse, no siempre viene acompañado de una buena educación. Y el buen humor es, admirado lector, otra historia.

Un pensamiento sobre “Tamouré, WHITMAN Y LA MALA EDUCACIÓN DE UMBRAL

  1. Jose An. Antolinos Salinas.

    El. Sr. De Hoyos, no perdió su compostura, lo imagino pensando para si mismo (cuanta envidia). Bravo por d. Antonio. Del otro el silencio como desprecio.
    .

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