TIEMPO DE CAMELIAS

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Sostiene Avenio que las camelias tienen una virtud que él nunca consiguió dominar: saben esperar.
Uno riega las plantas, las mira, vuelve a mirarlas al día siguiente y allí siguen, tan tranquilas, sin la menor intención de satisfacer nuestras prisas. Mientras uno consulta el calendario, ellas consultan vaya usted a saber qué reloj secreto de la naturaleza.
Avenio siempre ha tenido una relación complicada con el tiempo. Nunca fue demasiado puntual a la hora de ir a trabajar. Tampoco conviene exagerar: llegaba. Lo que ocurre es que no siempre coincidía su llegada con la hora prevista por la administración.
Afortunadamente, Groucho Marx dejó escrita una frase que parece pensada para consolarlo:
«Hay personas que, a pesar de ser puntuales, se les nota el retraso».
Avenio se aferra a ella desde hace años. Llegar cinco minutos tarde puede ser una falta administrativa. Que se te note el retraso es bastante peor.
También Groucho confesó haber hecho cosas horribles por dinero:
«Como despertarme temprano para ir a trabajar».
Ahí Avenio se siente plenamente identificado. Madrugar siempre le pareció una costumbre excesivamente bien considerada. El despertador posee algo de funcionario de prisiones: cumple con su obligación, y resulta difícil cogerle cariño.
Las camelias, por fortuna, no utilizan despertador.
Florecen cuando les da la gana. Y quizá por eso son tan hermosas.
Alejandro Dumas hijo convirtió las camelias en literatura con La dama de las camelias. Marguerite Gautier las llevaba consigo, y aquellas flores acabaron asociadas para siempre con el amor, la enfermedad, la espera y la muerte. Mucha tragedia para una planta que, contemplada desde el jardín de Avenio, parece tomarse la existencia con bastante más calma.
La camelia prepara durante meses algo que nosotros queremos resolver en poco tiempo.
Primero aparece el capullo. Después engorda lentamente. Uno empieza a sospechar que aquello va a abrirse mañana.
Pero mañana no.

Pasado mañana tampoco.
Avenio lo observa y piensa:
—Esta tarde abre.
La camelia no abre.
—Mañana seguro.
Tampoco.
Hasta que un día, cuando ya casi habíamos dejado de prestarle atención, aparece la flor.
Perfecta.
Sin pedir disculpas por el retraso.

Entonces Avenio comprende que quizá el equivocado era él. La camelia no había llegado tarde. Éramos nosotros quienes habíamos decidido arbitrariamente cuándo tenía que florecer.
Nos pasamos media vida haciendo precisamente eso: esperando que las cosas ocurran cuando nosotros queremos. Que llegue una llamada, que desaparezca una preocupación, que cicatrice una herida, que vuelva alguien; que llegue el verano o que termine de una puñetera vez el invierno.
Algunas cosas tienen tiempo de camelia.
No admiten empujones.
A veces para sobrevivir hay que tener paciencia. Y no esa paciencia solemne de los libros de autoayuda, sino la más humilde: la de levantarse por la mañana, mirar el capullo y aceptar que hoy tampoco.
Mañana ya veremos.
Avenio contemplará finalmente la camelia abierta cuando toque, quizá en octubre.

Piensa que, después de tantos años llegando tarde, acaba de encontrar una magnífica justificación.
Quizá nunca fue impuntual.
Quizá florecía a su manera.
Ni pronto. Ni tarde. A su tiempo. Esa, estimado lector, es otra historia.
¡Maravilloso!
Gracias
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