Desde siempre me gustó la lencería azul
Prólogo


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«La posesión del conocimiento no mata la capacidad de asombro. Siempre hay más misterio.» —Anaïs Nin.
Sostiene Avenio que el calor nunca llega solo. Siempre aparece acompañado de tres viejos cómplices: los recuerdos, los deseos y la imaginación. Los meteorólogos miden la temperatura del aire con admirable precisión, nadie ha inventado todavía un termómetro capaz de medir la temperatura de la memoria. Hace unos días comenzó la canícula, el periodo más caluroso del año estadísticamente. Cielos despejados, lluvias escasas y tardes interminables. Dicen los expertos que la canícula dura poco más de un mes. Yo sospecho que sus efectos duran bastante más, porque hay veranos que permanecen con nosotros toda la vida.

Desde siempre me gustó la lencería azul. Nunca supe si era por el color o por la mujer que la llevaba. Con el paso de los años he comprendido que la memoria nunca conserva únicamente una prenda, conserva una emoción. Y basta una tarde abrasadora para que vuelva a nosotros, como si el tiempo hubiera decidido concedernos una segunda oportunidad. Cuando la pasión nos visita, la distancia entre lo que pensamos y lo que nos atrevemos a decir se acorta. Cambia el timbre de la voz, las palabras pesan de otra manera y la imaginación empieza a trabajar sin pedir permiso. No necesita tocar para sentir, ni poseer para crear. El Nobel Octavio Paz lo expresó así: «En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación.»
Tal vez por eso el deseo comienza mucho antes de la primera caricia. Empieza en la mirada, continúa en el recuerdo y termina construyendo un mundo que solo existe para dos personas.


En estas tardes de julio vuelvo con frecuencia a la lectura de Anaïs Nin. Me gusta imaginarla desafiando el calor con la misma naturalidad con la que desafió las convenciones de su tiempo, diciendo: «Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria.» También escribió que el erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía. Y tenía razón, porque conocerse también consiste en aceptar aquello que la imaginación despierta cuando el verano aprieta.
Hoy es 18 de julio. Una fecha que unos evocan, otros discuten y muchos prefieren dejar en silencio. Sin embargo, la canícula permanece indiferente a nuestras disputas sociopolíticas. El sol cae sobre todos por igual y sigue haciendo lo mismo que ha hecho siempre: despertar recuerdos, alimentar deseos y conceder a la imaginación un poder que ninguna ideología ha conseguido domesticar. Oscar Wilde dejó escrito que la mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella. Yo no lo tengo del todo tan claro. Hay tentaciones que alcanzan su mayor belleza precisamente porque permanecen en la imaginación. Allí nunca envejecen, nunca decepcionan y siempre conservan intacto el color con el que nacieron. Quizá por eso, cada vez que el verano comienza a arder y la canícula se instala entre nosotros, vuelvo a recordar que desde siempre me gustó la lencería azul.

Esa, amigo lector veraniego, es otra historia.
Después de leer y ver e imaginar las actuales lencerías de las mujeres, que han pasado de pantalones a mitad fajas mirad bragas y, que últimamente por la parte trasera es una cinta dejando ambos «carrillos» libres de polvo y paja, me preguntó: ¿Cuanto queda para que hagan lo mismo en la zona frontal?. Al ritmo actual, el próximo verano.