El uniforme del verano

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Sostiene Avenio que el verano no consigue igualar a las personas. Cambia los uniformes del personal. En invierno resulta fácil distinguir a un político. Siempre parece dirigirse a una reunión decisiva, enfundado en una chaqueta impecable y una corbata que resiste incluso los cuarenta grados de agosto. Da la impresión de que, si se la quitara, perdería media legislatura. Los grandes y agresivos ejecutivos, en cambio, practican otro ritual.

A media mañana aparecen por el Club Náutico con una elegancia cuidadosamente estudiada: mocasines sin calcetines, camisa de lino, gafas de sol, y un reloj cuyo precio bastaría para modernizar una pequeña biblioteca pública. Se apoyan en la barra mientras el aperitivo hace su trabajo y las conversaciones se llenan de proyectos, fusiones y balances. Uno de ellos cita a Friedrich Nietzsche con la naturalidad de quien pide otro «Aperol Spritz» : «La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar.» Todos sonríen. Quizá porque comparten la ocurrencia. Quizá porque en determinados círculos la risa también forma parte del protocolo. Los veo animados, ingeniosos, casi un poco dicharacheros. Durante una hora parecen haber olvidado que dirigen empresas, administraciones o fortunas. Pero el espejismo dura poco. Desaparecen como por encanto.


El siguiente escenario es un restaurante donde el mantel pesa más que la carta y el camarero conoce de memoria el vino favorito de cada comensal. Después llega la siesta. O eso creen los demás. Porque, mientras el resto del país intenta derrotar al calor con las persianas bajadas, los teléfonos vuelven a encenderse. Correos, videollamadas, mensajes urgentes. El descanso se convierte en una oficina portátil. El verano cambia de paisaje, pero no de obligaciones. Avenio contempla aquella procesión estival desde una mesa discreta. Sin prisa. Con un café largo con hielo y la sombra suficiente para pensar. Y entonces se pregunta Avenio si aquellos hombres son realmente los dueños de sus empresas o simples empleados de lujo al servicio de una agenda que jamás descansa. Han conquistado mercados, competidores y balances, pero no han logrado conquistar una tarde libre. El verano les permite aflojar el nudo de la corbata, no el de las preocupaciones. Quizá por eso exhiben una felicidad tan impecable como sus camisas de lino. Una felicidad perfectamente fotografiable, diseñada para las terrazas, los puertos deportivos y las redes sociales. La felicidad auténtica suele ser más silenciosa. No necesita yates, ni reservas preferentes, ni teléfonos de última generación. Avenio mira a su alrededor. Cerca de él, unos jubilados juegan atentamente al dominó. Una pareja pasea sin prisa. Un niño intenta pescar un pez que jamás atrapará. Piensa que tal vez la diferencia entre unos y otros no sea el dinero, ni el poder, ni el prestigio. La diferencia es que unos poseen el reloj más caro, y otros poseen algo mucho más escaso: el tiempo. Porque llega una edad en la que el éxito deja de medirse por las personas que dependen de ti, y empieza a medirse por las horas en las que nadie depende de nosotros.Y mientras los gerifaltes continúan atendiendo llamadas bajo la sombrilla, Avenio termina su café y sonríe. El verano, piensa, es una estación implacable: acaba revelando quién disfruta de la vida y quién únicamente administra sus negocios con mejores vistas al mar. Y eso, estimado lector, lo de veranear… veranear… es otra historia.
