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¿Por qué si ambos dirigentes son tan letales, ganan las elecciones?

En la política moderna hay una palabra que pesa más que muchos programas y promesas: amenaza. Un país amenazado se vuelve más serio, más disciplinado. Los ciudadanos miran el precio de la vivienda y al tiempo más allá del horizonte.
Dos líderes contemporáneos han construido buena parte de su discurso sobre una sensación de peligro, de amenaza constante: Donald Trump y Benjamin Netanyahu.
Sus países son distintos. Uno es una potencia continental con tres océanos como escudo. El otro es un pequeño territorio rodeado de vecinos con los que mantiene una historia compleja y agresiva.
Ambos dirigentes hablan con frecuencia en un mismo clima emocional: «el de un país que vive en guardia». Trump lo expresó de forma muy simple durante su primera campaña: “el mundo se ríe de nosotros. Eso se acabó.” No era exactamente una amenaza militar. Era algo más difuso: decadencia, pérdida de respeto, fronteras abiertas a migrantes y estupefacientes, enemigos invisibles…
Netanyahu, por su parte, utiliza otro vocabulario, más ligado a la historia trágica de Israel. En su discurso, Israel vive bajo una vigilancia permanente porque la historia ha demostrado que la amenaza puede volver. Para él, la seguridad no es una política más: es la que condiciona a todas las demás.
Dos estilos, dos historias nacionales, pero una intuición política común: cuando una sociedad siente peligro, busca un liderazgo fuerte.
El filósofo Thomas Hobbes lo explicó en el siglo XVII.
«El hombre es un lobo para el hombre» (Homo homini lupus), popularizada por Thomas Hobbes en su libro «De Cive» (Sobre el ciudadano) significa que en «el estado de pura naturaleza, sin leyes ni autoridad, el ser humano es egoísta, feroz y agresivo, convirtiéndose en una amenaza para sus semejantes». Esta visión justifica la necesidad de un contrato social y un poder absoluto (Leviatán), para garantizar orden y subsistencia. «El hombre es un lobo para el hombre». La frase de Plauto (revitalizada por Hobbes ) en ese sentido, se convierte en la metáfora del animal salvaje que el hombre lleva dentro, siendo capaz de realizar grandes atrocidades … En tiempos de inseguridad —decía— los hombres aceptan entregar más poder a quien prometa protegerlos. No es necesariamente un error. Es un mecanismo humano antiquísimo. La política, entonces, deja de ser un debate sobre programas sociales y se convierte en algo más elemental: ¿quién puede protegernos mejor?.

Quizá por eso el lenguaje de la amenaza tiene tanta fuerza. No habla al ciudadano razonable, sino al animal temeroso que todos llevamos dentro. Y tal vez, esa sensación de peligro no sea sólo una estrategia política. Quizá sea también un signo de nuestro tiempo, en el que muchas sociedades, incluso las más prósperas, sienten que algo incierto se mueve en el horizonte…
Y ¿Vladimir Putin? Otro que tal.

Esa amigo lector es otra historia.