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“La distancia más corta entre dos puntos por lo general es insoportable» (Charles Bukowski) 

Mis amigas en Marchamalo. (De la IA)

A

Paco L. Soler y a Pepe Antolinos

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“Si vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres”.  (Antoine de Saint-Exupéry, «El Principito»)

Cuando descubrí esta frase de “El Principito” entendí que la felicidad no empieza a la hora del encuentro, sino antes, cuando el corazón ya lo presiente. Y aquella tarde, a las tres en punto en el reloj de pared de mi cocina, ya estaba yo expectante.

A las cuatro me encontraría con Ana, mi esposa. No exactamente una rosa, pero sí un ser que había aprendido a florecer donde nadie le dijo cómo hacerlo. Tiene ese modo de mirar que obliga a detenerse, como si cada gesto suyo fuese una invitación a observar mejor el mundo. Pienso que el Cuerpo Nacional de Policía ha perdido a una excelente inspectora. Cerca de ella, uno siente el impulso de no estropear nada.

La segunda Ana, con la que también habíamos quedado, la conocí hace años, aunque no conectamos de verdad hasta hace dos. Tiene la rara virtud de escuchar sin prisa, de decir lo necesario y guardar silencio justo donde el silencio se vuelve inteligente. Con ella aprendí algo que se olvida con facilidad: que la amistad no exige confort, tan sólo una piedra lo bastante grande donde sentarnos juntos.

La amistad es un proceso que crea lazos únicos y necesarios entre dos seres, requiriendo tiempo, paciencia y cuidado para transformarse en una relación donde uno se vuelve irremplazable y especial; donde lo esencial -eso que sólo se ve con el corazón- y se hace visible más allá de lo cotidiano.

En alguna ocasión me irritaba que ambas compartieran nombre, porque el corazón, a veces, es torpe para los matices. Una tarde, Ana me preguntó: ¿Por qué te incomoda que nos llamemos igual?

-Porque me confundo- respondí. -Me cuesta separar lo que siento-.

Ella sonrió como sólo sonríen los amigos verdaderos: con una franqueza que no reclama nada.

-No tienes que separar nada- dijo. -Sólo reconocerlo-.

Comprendí que la amistad no compite con el amor: lo acompaña, como una sombra fresca que impide que se marchite.

A las cuatro llegaron ambas. Una con su luz, la otra con su calma. Las dos en perfecta armonía, acostumbradas a convivir con su mismo nombre.

Desde entonces, cada día que voy a reunirme con alguien al que le tengo afecto o quiero, soy consciente, estimado lector, de que comienzo a ser feliz un poco antes.

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