VOLVIENDO DEL PASEO
(Si te conoces demasiado a ti mismo, dejarás de saludarte. Ramón G. de la Serna)

3 minutos
Sostiene Avenio que en toda tertulia hay alguien que habla sin saber bien de qué va. Durante años creyó que su principal tarea consistía en identificarlo. Últimamente empieza a sospechar que los demás llevan el mismo tiempo haciendo lo mismo.
La sospecha le ha venido leyendo las greguerías de Ramón Gómez de la Serna:
«La q es la p que vuelve de paseo».
Avenio escribe las dos letras en una servilleta. Las mira. Una va y la otra viene. Nunca había reparado en que el abecedario tuviera vida fuera de las palabras.
Ramón sí. Donde los demás veíamos una letra, él había encontrado a alguien que regresaba a casa.
Avenio piensa en los paseos anteriores a la tertulia. Sale con una opinión, recorre el paseo marítimo, observa el estado del mar y llega a la terraza con la misma opinión, algo más fortalecida por el ejercicio. Después asegura que ha estado reflexionando.
Sus amigos hacen recorridos parecidos. Cada cual viene de una dirección distinta y todos llegan convencidos de haber elegido el camino correcto.
Se van sentando. Uno explica lo que necesita España. Otro conoce las verdaderas intenciones del Gobierno. Un tercero sabe lo que habría que hacer con los dos anteriores.
Avenio escucha con esa expresión prudente que suele ponerse cuando uno está deseando intervenir.
Le viene entonces a la memoria otra greguería:
«La O es el bostezo del alfabeto».
Mira a un tertuliano que acaba de abrir la boca. No sabe si va a refutar un argumento o si lleva demasiado tiempo escuchándolo. Por discreción, no pregunta.
La ocurrencia de Ramón le hace sonreír. Qué facilidad para descubrir lo cómico en los demás. Una letra que pasea, otra que bosteza y un señor que lleva diez minutos explicando por qué nadie entiende nada.
Avenio aprovecha una pausa.
—El problema es que aquí todo el mundo habla con una seguridad que…
Se detiene. Uno de sus amigos mira hacia el mar. Otro remueve el hielo del vaso. El tercero tiene la boca ligeramente abierta. La O.
Por primera vez se le ocurre que Ramón también podría estar mirándolo a él.
Bebe un sorbo de su whisky con hielo y renuncia a terminar la frase. Sus compañeros interpretan el silencio como una oportunidad y la conversación continúa sin mayor problema.
Al levantarse, Avenio recoge la servilleta. Allí siguen la p y la q, tan semejantes, tan empeñadas en ir en direcciones contrarias.
Quizá esta vez, estimado lector, consiga regresar con una opinión menos.