DÍA DE LAS BIBLIOTECAS

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Sostiene Avenio que todavía quedan lugares donde uno puede entrar sin que le pregunten qué va a tomar.

En una biblioteca puede sentarse sin consumir, quedarse sin justificarlo y pedir ayuda sin contratar una suscripción. A estas alturas, semejante hospitalidad empieza a parecer extravagante.

Nadie le exige comprar el libro que hojea. Tampoco demostrar que su consulta merece la pena. Puede entrar buscando a Cervantes o tratando de averiguar cómo se cuida un geranio. Incluso puede no saber exactamente qué busca. Para eso también está el bibliotecario.

El 24 de octubre se celebra el Día de las Bibliotecas, este año con un lema que parece una obviedad y conviene recordar: «Sin profesionales, no hay bibliotecas».

Avenio sospecha que algunos imaginan que basta con poner libros en unas estanterías y encender la luz. Con ese criterio, un almacén de medicamentos sería un hospital.

Alguien tiene que elegir los fondos, ordenarlos, conservarlos y conseguir que lleguen a quien los necesita. Alguien debe atender al estudiante desorientado, al lector que recuerda una novela por el color de la cubierta y a quien empieza su consulta disculpándose por molestar.

Hay que saber mucho para ayudar a quien todavía no sabe qué preguntar. Y tener paciencia para no hacérselo notar.

Recuerdo la biblioteca de la Excelentísima Diputación Provincial de Murcia, allá por los años cincuenta.

Lo de Excelentísima correspondía a la institución. La biblioteca era un cuchitril: cuatro escritorios antiguos y una luz ambiental somnolienta. Un lugar donde hasta los muebles parecían compartir la disposición de Bartleby: «Preferiría no hacerlo».

A principios de los setenta salió a concurso la plaza de archivero bibliotecario. Mi padre inició entonces la reforma de aquella biblioteca, instalada en el edificio de la Diputación, junto al Gobierno Civil.

De su estrategia recuerdo especialmente una costumbre: cuando un estudiante pedía un libro que no estaba, se solicitaba inmediatamente a la editorial.

La respuesta no terminaba en «no lo tenemos».

Aquella petición servía para mejorar la biblioteca. El estudiante señalaba, sin saberlo, un hueco en las estanterías, y mi padre procuraba llenarlo.

Llegó a pedir hasta un diccionario de japonés. En la Murcia de entonces, aquello tenía su singularidad. Había alguien que lo necesitaba. Era razón suficiente.

Con los años, la Biblioteca Regional ha mejorado hasta recibir en 2026 el Premio LIBER, al fomento de la lectura en bibliotecas abiertas al público. Me alegra el reconocimiento y me devuelve a aquellos escritorios, a aquella luz escasa y al empeño de mi padre por ampliar el servicio y el horario.

Avenio piensa que los homenajes a una profesión se entienden mejor cuando uno recuerda un gesto.

Un estudiante pide un diccionario de japonés.

El bibliotecario toma nota.

Y la próxima vez que alguien lo necesite, estará allí.

Que la biblioteca pública permanezca abierta las 24 horas sobre todo en época de exámenes para que jóvenes con algarabía en sus casas, puedan estudiar. Estimado lector, esa es, otra historia.