¿Caldero o sepia de temporada?

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Avenio lleva muchos años leyendo cartas de restaurantes y escuchando promesas electorales. Por eso ya sabe que las descripciones magníficas pueden terminar en un arroz bastante vulgar. También sabe que el enfado da votos a cascoporro, a los adversarios, mediante el voto en blanco. Resolver aquello que provoca el enfado exige bastante más trabajo.
En la carta política, los candidatos anuncian calderos abundantes, arroces para todos y soluciones servidas en su punto. Hablan de prosperidad, de futuro y de una vivienda al alcance de cualquiera. Pero Avenio, que observa las mesas con atención, se pregunta quién podrá pagar el alquiler cuando termine de servirnos el caldero.

Porque una cosa es llenar los restaurantes y otra muy distinta que quienes trabajan en ellos puedan vivir cerca. Una cosa es celebrar el turismo y otra aceptar que la ciudad se convierta en un escaparate donde casi nadie puede quedarse. El caldo puede ser excelente, pero si la sepia cuesta más que el sueldo, algo falla en la receta.

Avenio escucha a unos y a otros. Unos prometen bajar los precios; otros, construir más. Algunos aseguran que todo se arreglará con una gran alianza, mientras sus compañeros discuten quién debe sentarse a la mesa. Todos parecen tener una solución, aunque ninguno explica con claridad quién pagará la cuenta.
Entre el Mosqui y el Venezuela, Avenio puede seguir dudando. Cada caldero tiene sus partidarios, sus secretos y sus defensores dispuestos a jurar que el suyo es el auténtico. Pero ante un buen arroz con sepia pequeña, incluso Avenio podría cambiar de opinión.
Lo del plebiscito del 29 de noviembre, estimado lector, va a ser otra historia. Allí no bastará con leer la carta ni con dejarse llevar por el aroma. Habrá que elegir el plato, sentarse a la mesa y comprobar si, después de tanta promesa, queda algo para quienes han estado cocinando.
Porque una cosa es prometer un caldero para todos y otra conseguir que nadie se quede sin comer. Y esa es, amigo lector, otra historia.