AVENIO y KALIKATRES SAPIENTÍSIMO

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Sostiene Avenio que hay sabios que necesitan escribir varios tomos para explicar la vida y otros que la despachan en una viñeta. Estos últimos tienen la ventaja de que uno puede leerlos sin despeinarse.

Kalikatres pertenecía a esa especie.
Los lectores de La Codorniz recordarán a aquel sabio egipcio al que acudían personajes cargados de preguntas. «¡Oh, Kalikatres sapientísimo!», comenzaban, con una confianza que ya quisieran para sí muchos catedráticos.
Su creador, Ángel Menéndez, acabó firmando con el nombre del personaje. Avenio considera que ahí hubo una victoria del muñeco. Uno lo inventa, le da conversación y, cuando quiere darse cuenta, el otro se ha quedado hasta con su firma.
Ahora que Paco López ha comenzado a preguntarle directamente a Avenio por las cosas del campo, conviene recordar a quien llevaba tantos años atendiendo consultas.
A unos recién casados que querían saber qué debían hacer para amarse toda la vida, Kalikatres les respondió:
—Vivir poquito, hijitos, vivir poquito.
Hay consejos que deberían entregarse después del viaje de novios.
Los enamorados habían acudido en busca de una garantía y el sabio les redujo el plazo. Avenio imagina el silencio de la pareja. Acababan de prometerse eternidad y ya les estaban recomendando que no se entretuvieran demasiado.
Con los años, uno descubre que el amor también consiste en saber cómo toma el café la otra persona, reconocerle los pasos por el pasillo y dejar para mañana una discusión que mañana habrá perdido importancia. Kalikatres resolvió el asunto más deprisa. Se nota que no tenía que convivir con aquellos dos.
Otra pregunta se refería al cine.
—¿Qué es el cine?
—El teatro al alcance de todos los cerebros.
Avenio, que ha salido de alguna película sin saber quién había matado a quién, sospecha que ciertos directores no llegaron a leer aquella viñeta.
En el cine uno puede emocionarse, reírse o dormirse. Esta última posibilidad se desprecia injustamente. A nuestra edad, una butaca cómoda, la oscuridad y dos horas sin llamadas constituyen una oferta cultural bastante completa.
La tercera pregunta parecía sencilla:
—¿Qué es el pueblo?
—La gallinita, hijitos, de los votos de oro.
Aquí Avenio dejó de sonreír un instante.
Qué bien elegida la gallina. Se le visita, se ponderan sus virtudes y se celebra su importancia. Sobre todo cuando se aproxima la puesta. Después llegan los encargados de recoger los huevos, cada uno con su cesta y sus explicaciones.
El pueblo escucha, vota y regresa a sus asuntos. Los elegidos se marchan a discutir sobre lo que el pueblo ha querido decir. Curiosamente, casi siempre ha querido decir lo que a ellos les conviene.
Kalikatres lo había resuelto con un corral.
Avenio comprende ahora la responsabilidad que supone recibir preguntas. Paco López, de momento, solo le ha consultado por una rambla. Pero una rambla no es poca cosa: lleva agua cuando la hay, memoria cuando falta y, a veces, más preguntas que respuestas.
Así que Avenio tendrá que andarse con cuidado. Porque a Kalikatres le bastaba una viñeta para ser sapientísimo; a él, para merecer semejante título, quizá le baste con acertar dónde empieza la rambla, por dónde se pierde y qué queda de ella cuando todos han terminado de hablar.
De momento, Paco López le ha preguntado por una rambla.
Y Avenio, que todavía no se atreve con el amor, el cine ni la democracia, se conforma con responder como puede: con la tierra en las botas y la sabiduría justa para no confundir el cauce con el camino.
Lo de sapientísimo exige mucho. Sobre todo cuando la primera pregunta viene del campo. Esa, amigo lector, es, otra historia.