Avenio

3 minutos

Avenio es un agricultor de los de antes: observador, paciente y conocedor del campo. No presume de sabiduría, porque sabe que la tierra enseña humildad. Su alter ego vive rodeado de huertas, árboles frutales y el olor inconfundible de la tierra húmeda después del riego.

Hace unos días recibió un regalo muy especial de su buen amigo Juan Luis de Pura: una pequeña tomatera. Desde ese momento decidió dedicarle todos los cuidados que merece una planta capaz de ofrecer uno de los frutos más apreciados de la huerta.
Cada mañana comprueba que reciba al menos seis horas de sol directo. La riega con moderación, procurando mantener la tierra húmeda, pero nunca encharcada, porque el exceso de agua favorece enfermedades en las raíces. También ha colocado un buen tutor para que el tallo crezca recto y no se quiebre con el peso de los futuros tomates. Conforme la planta se desarrolla, procede a elimina los brotes laterales —los conocidos «chupones»— para que concentre su energía en producir frutos más sanos y de mayor tamaño. De vez en cuando aporta un poco de compost bien maduro, rico en materia orgánica, regalado al tiempo que la tomatera por Juan Luis. Porque sabe que un suelo fértil es la mejor garantía de una buena cosecha.

Mientras trabaja, observa con atención el color de las hojas y la presencia de insectos. La prevención siempre resulta mejor que el remedio. Un agricultor experimentado entiende que cada planta habla, aunque lo haga en silencio, y que basta con aprender a escucharla.

Cuando las tareas del huerto terminan, aparece la otra faceta de Avenio. Se lava las manos, prepara un carajillo de Jameson y se sienta tranquilamente bajo la sombra de una higuera a echarse un cigarro. Allí abre las páginas de «La intriga del funeral inconveniente», del siempre ingenioso Eduardo Mendoza.

Entre capítulo y capítulo sonríe con el humor inteligente del autor, mientras levanta la vista de vez en cuando para comprobar cómo el sol de la tarde acaricia su tomatera. Piensa entonces que cultivar una planta y leer una buena novela tienen mucho en común: ambas requieren paciencia, constancia y la capacidad de disfrutar del proceso sin tener prisa por llegar al final.

Así transcurren los días de Avenio, entre el trabajo de la huerta y el placer de la lectura. Porque quien cultiva la tierra alimenta el cuerpo, y quien cultiva la mente alimenta el espíritu. Y él ha decidido no renunciar nunca a ninguno de los dos.

La disparatada novela de Mendoza le hace reír, solo frente a la suave brisa que los melocotoneros aprecian; se ríe mirando a los antiguos melocotones de agosto todavia a medio madurar. Se percibe una buena cosecha.

Los melocotones de agosto, estimado lector, es otra historia.

4 comentarios en «Avenio»

  1. José Luis Patiño Sáez

    Si señor me lo dices o me lo cuenta pues tengo huerto que plante tomates, berenjenas, pimientos y calabacines. Como dicen el viejo no va al gimnasio va al huerto

  2. Pura Rodríguez

    – [ ] Avenio cultiva la mente no solo con la lectura sino también con la escritura. Sabe que esta también necesita tiempo de dedicación y esmero. En el cultivo de su ingeniosa prosa poética no sé si disfruta tanto como sus amigos al leer sus relatos. Gracias por estar ahí

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *