La física cuántica nos provoca

4 minutos

El gato de Schrödinger es un célebre experimento mental formulado por el físico Erwin Schrödinger en 1935. Plantea un gato encerrado en una caja junto a un mecanismo letal activado por una partícula cuántica.

No tengo grandes conocimientos de física cuántica. Y sospecho que algunos de quienes afirman dominarla tampoco los tienen. Lo cual, en cierto modo, me tranquiliza. Se trata de un ámbito que parece haber declarado una amable guerra al sentido común. En nuestra infancia nos enseñaron que cada cosa ocupaba un lugar determinado. Una piedra estaba donde estaba y no en otro sitio. Más tarde llegaron unos científicos muy serios —imagino que con el aspecto de quienes nunca extravían las llaves de casa; no como una filóloga espléndida que casualmente conozco— y comenzaron a afirmar que una partícula podía comportarse como una onda, que ciertas propiedades no existían de forma definida hasta ser medidas y que la naturaleza, en sus escalas más diminutas, se negaba obstinadamente a obedecer nuestras intuiciones. Francamente, eso no se traga así por las buenas. Y, sin embargo, funciona. Ahí comienza mi fascinación. La literatura lleva siglos entrenándonos para aceptar lo imposible. Un hombre despierta convertido en escarabajo.

Samsa

Otro persigue obsesivamente una ballena blanca. Un hidalgo confunde molinos con gigantes. Aceptamos esos mundos porque comprendemos que hablan de nosotros más que de la realidad. La física cuántica hace exactamente lo contrario. Nos habla de la realidad y, sin embargo, parece literatura fantástica. Es como si el universo hubiera decidido escribir relatos con argumentos que ningún editor sensato aprobaría. Kafka convirtió a Gregorio Samsa en un insecto para mostrarnos la soledad. La naturaleza, en cambio, convierte a los electrones en personajes capaces de desconcertar a los físicos sin ninguna intención simbólica. Como si la realidad hubiera leído a Kafka antes que nosotros. Quizá por eso me produce una satisfacción casi infantil comprobar que el universo no tiene la obligación de resultar razonable.

Durante siglos confundimos comprender con domesticar. Creíamos que conocer consistía, en el fondo, en reducir el mundo al tamaño de nuestra inteligencia. Luego aparece un electrón, sonríe con una discreción exquisita, y continúa comportándose exactamente como le viene en gana. Eso sí, conviene no utilizar la cuántica para justificar cualquier disparate. Últimamente se le atribuyen más prodigios que a algunos mártires de mi infancia. Que si los pensamientos modifican el universo, que si basta con desear intensamente algo para alterar la realidad… La física cuántica no necesita ese tipo de milagros. Ya es bastante extraordinaria por sí misma. No me fascina porque otorgue poderes extraordinarios, ni porque prometa respuestas esotéricas. Me fascina porque nos devuelve la humildad. Descubrir que la naturaleza no cabe por completo en nuestra mente no debería frustrarnos. Al contrario: debería aliviarnos. Sería bastante triste habitar un universo incapaz de sorprender a unos primates que apenas llevan un instante asomados a este rincón de la galaxia. Tal vez ahí resida la auténtica provocación de la física cuántica. No en obligarnos a abandonar la razón, sino en recordarnos que la razón tiene fronteras; no en destruir el conocimiento, sino en impedir que se vuelva arrogante.

La literatura nos enseñó que la imaginación podía parecer verdadera. La física nos ha enseñado algo aún más desconcertante: que la verdad puede parecer imaginaria. Si algún día llegáramos a comprenderlo todo, espero que quedara, al menos, una partícula diminuta escondida detrás de una ecuación, guiñándonos un ojo y recordándonos que todavía no hemos terminado los deberes. Sospecho que, mientras exista esa partícula, la curiosidad seguirá siendo la mejor forma de inteligencia.

Y Don Quijote sigue estimulándonos, divirtiendonos. Esa, científico lector, es otra historia.

2 comentarios en «La física cuántica nos provoca»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *