LA LIBERTAD DE LOS MÍOS

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Sostiene Avenio que la libertad es un bien muy preciado, especialmente cuando sirve para que los demás piensen como nosotros.
La reflexión le ha venido durante la tertulia de Los Calderos de Julia, donde un amigo, después de escuchar las últimas noticias políticas, ha sentenciado:
—Este país necesita un gobernante con mano dura y que se ocupe de las infraestructuras.
Avenio, que conoce a su interlocutor desde hace años, ha preferido esperar al segundo whisky antes de pedirle alguna precisión.
—¿También cuando gobiernen los otros?
—Hombre, no es lo mismo.
La respuesta le ha parecido suficientemente esclarecedora. Su amigo no desea exactamente un gobierno autoritario. Desea un gobierno autoritario que piense como él.

Avenio recuerda haber leído a la politóloga Susan C. Stokes, interesada en comprender por qué algunos ciudadanos terminan apoyando a dirigentes que pueden debilitar las instituciones democráticas.
No siempre se trata de ignorancia. El desencanto, el miedo y la sensación de abandono pueden llevar a personas perfectamente razonables a buscar soluciones extraordinarias.
Lo extraordinario suele consistir en conceder a un gobernante poderes que jamás permitiríamos ejercer a sus adversarios.
En la terraza, otro tertuliano interviene:
—Lo que hace falta es que alguien ponga orden.
—¿Qué orden? —pregunta Avenio.
—El que necesita España.
Avenio observa que España tiene la particularidad de necesitar un orden diferente según quién lo reclame.
Uno quiere prohibir determinadas manifestaciones. Otro pretende impedir ciertos discursos. Un tercero considera intolerables algunas opiniones expresadas en televisión.

Todos defienden apasionadamente la libertad…
La suya. Ósea “mi libertad”.
Avenio piensa que la democracia tiene un defecto difícil de corregir: permite que voten quienes están equivocados. Y, para mayor escándalo, concede a sus votos exactamente el mismo valor que a los nuestros.
Nadie ha conseguido resolver satisfactoriamente semejante inconveniente.
Su amigo vuelve a intervenir:
—La democracia está muy bien, siempre que no se abuse de ella.
Avenio levanta la vista.
—¿Y quién decide cuándo se está abusando?
—Para eso está el sentido común.
El sentido común. Esa facultad extraordinaria que todos creemos poseer en cantidades suficientes y que echamos tanto de menos en los demás.
La conversación continúa. Avenio escucha y descubre que cada participante tiene perfectamente identificadas las libertades que conviene proteger y aquellas otras que sería prudente limitar.
Curiosamente, las primeras suelen ser las propias.
Recuerda entonces que la democracia no consiste únicamente en elegir a quienes gobiernan. También exige aceptar que nuestros adversarios tienen derecho a ganar, a equivocarse y a volver a presentarse a las elecciones.
Sobre todo, a seguir siendo ciudadanos cuando pierden.
Avenio apura su whisky. El sol comienza a esconderse al otro lado del Mar Menor.
Antes de marcharse, su amigo insiste:
—Yo lo único que quiero es vivir en libertad.
—Yo también —responde Avenio—. La dificultad empieza cuando queremos vivir los dos en una misma libertad.
Y mientras abandona la terraza comprende que quizá el mayor inconveniente de una dictadura, para algunos ciudadanos, no sea la falta de libertad, es descubrir que quien manda es otro.
La falta de liderazgo estimado lector, es otra historia.