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Hace algún tiempo, alguien avezado en el tema de loterías me explicó que el número premiado en “los ciegos” solía quedarse en la Organización Nacional de Ciegos Españoles. Ahí estaba el truco: salen a la venta tantísimos cupones en España que difícilmente puede tocarle a una “persona humana”. Hoy, once del once, la ONCE hace una excepción y va y toca. Muy sencillo. El aproximadamente noventa por ciento de adultos españoles, en su perspicaz instinto de posibilidad e ingenuidad, saben que hoy sí que le toca a alguien, pues todos los décimos están vendidos. ¿Y por qué no voy a ser yo el afortunado? Total, que la ONCE el once del once gana un pastón. Se forra, ea.
Y no es casualidad. Es una obra maestra del marketing nacional. Mientras otros se devanan los sesos para venderte algo que no necesitas, la ONCE te vende lo que todos deseamos: una esperanza bien envuelta en papel numerado. Los de los anuncios del cupón parecen felices en la tele, los presentadores se emocionan, y los cuponeros, con su voz característica, nos repiten ese mantra de “el once del once, que este sí toca”. Y claro, ¿cómo resistirse a tanta convicción?
Las calles se llenan de ilusión. En la puerta de la panadería del barrio, el parroquiano de la ONCE ofrece “el 73280, que este año está caliente”. En la oficina, alguien comenta que ya tiene su cupón “por si acaso”. Y los más racionales, esos que presumen de no creer en la suerte, acaban cayendo en la misma trampa: compran uno -total 6 euros- discretamente, no vaya a ser que el destino me dé un disgusto.
Porque si algo mueve este país más que el fútbol y la meteorología, es la posibilidad de que, de repente, todo cambie con cinco cifras. Los vendedores sonríen, los anuncios se multiplican, y el país entero se entrega a ese ritual colectivo de esperanza. Hasta los más incrédulos miran de reojo su cupón, imaginando lo que harían si les tocara.
Y cuando llegue el momento del sorteo, pasadas las nueve de la noche, miraremos la tele o el móvil, con esa mezcla de nervios y resignación. Un silencio breve, una voz que canta el número… y nada. Otra vez será. Pero da igual. Porque el once del once de la ONCE no es solo un sorteo: es un ejercicio nacional de optimismo, una tradición emocional.

Hace años, por los noventa, del siglo pasado, a mi esposa Ana, junto a otra pareja amiga les cayó un buen pellizco de la Primitiva.

Se fueron en «viaje de lujo» a Brasil. Esa, amiga lectora, es otra historia.